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08 enero 2006

Investigación argentina sobre aviones chilenos

DC-6 & Connies
Los Clásicos en los
Cielos del Cono Sur

Esteban Raczynski

Aquí tenemos un muy interesante trabajo realizado por el investigador argentino Esteban Raczynski, quien anteriormente fuera colaborador de la gran revista de dicho país Pista 18, ya desaparecida luego de 18 muy buenas ediciones de papel y una agónica decimonovena en internet.

Los Clásicos en los Cielos del Cono Sur, Memoria Fotográfica es bastante más de lo que su solo título deja ver, pues junto con el aporte gráfico, se preocupa de entregar un trabajo de investigación del historial general de ambas clases de aparatos en Chile y Paraguay y también un historial particular de cada uno de los ejemplares operados en ambos países.

Con respecto a la historia de los aviones chilenos, el autor igualmente se refiere a algunos aspectos históricos interesantes de los operadores locales. Los textos son entretenidos y ágiles, y abordan una generalidad de aspectos, aunque lamentablemente noté una falta de investigación sobre una serie de asuntos de la mayor importancia, a mi juicio, como lo fueron los accidentes mayores que los DC-6 tuvieron en manos de LanChile y Ladeco. En tal sentido, es evidente que dedicarle tres párrafos cortos e insuficientemente descriptivos al desastre del DC-6 CC-CCG caído en la cordillera el 6 de febrero de 1965, es decir, uno de los peores (sino el peor) accidentes de la historia completa de la aviación nacional, denota la falta de un sentido de la oportunidad para tratar un tema de gran trascendencia, justamente en el lugar donde se esperaba que eso ocurriera: una monografía especifica del tópico.

Entre otras cosas faltan una serie de accidentes e incidentes muy serios (incluso con pérdida de vidas humanas) ocurridos a varios de los aviones de las flotas chilenas, que involucraron tanto a los DC-6 como a otros aparatos. La importancia de estos datos daba para insertarlos o en la historia general de cada avión o en los historiales particulares. Digamos que no se trata de “lo que yo quisiera” que el texto hubiera incluido, sino que son cuestiones que, por la orientación dada al trabajo, sencillamente no debieron quedar fuera, objetivamente hablando.

Generosamente ilustrado y con varias magníficas colaboraciones fotográficas inéditas aportadas por algunos colegas chilenos (como por ejemplo el Constellation de la chilena ALA, aportada de la colección de C. Cáceres, y otras entregadas por C. Medina y R. Poletti), el trabajo, con todo, no deja de ser un punto de partida muy coherente y más que suficiente para quien quiera adentrarse en el tema de una forma más completa que lo que era posible hacerlo con lo antes publicado en Chile sobre lo mismo (mínimo, en todo caso). Después de todo, a mi juicio la edición cumple bien con el objetivo del autor, en cuanto se refiere a sí mismo como “arqueólogo aeronáutico, con profunda vocación por la fotografía y su recolección”. Y eso se reconoce, y agradece, en las 58 páginas que contiene el trabajo.

04 agosto 2006

Beechcraft Bonanza en LanChile

Un curioso historial de registros
Hagamos un breve ejercicio de investigación con algunos antecedentes inéditos, y aprovechando lo que nos revela una fotografía de mi archivo:
Accidentado en el río Chaitén, 16 de junio de 1954 (foto, col. I.S.)

Si revisamos en cualquier fuente algo de la historia de las líneas aéreas locales -desde las más conocidas hasta las no tanto- veremos que se destaca en ellas el uso de varios de los aviones de transporte más característicos de cada época, tales como DC-3 o C-47, C-46, DC-6, Convair, y un largo etcétera. Sin embargo, algunas de estas empresas también usaron, paralelamente, aviones menores en cometidos tan variados como transporte de ejecutivos, enlace, entrenamiento, mantención de eficiencia, y otros meramente recreativos. Y justamente por haber tenido un rol "secundario" es que la historia de varios de esos aeroplanos ha pasado a un segundo plano (y si la historia en general de esos tiempos de nuestra aeronáutica ya estaba en un rincón algo olvidado, podemos imaginar las consecuencias). 

La foto de arriba retrata precisamente a uno de estos aviones de pequeño porte utilizados por la que fuera nuestra aerolínea de bandera, la ex LanChile. Más precisamente es un Beechcraft B35 Bonanza comprado por la Línea Aérea Nacional el 1° de agosto de 1950 a la corredora Air Carrier Supply por la suma de US$ 16 mil y fracción.

El autor Sergio Barriga, en su Historia de LanChile (volumen 1, p. 48) sugiere que la empresa lo compró en los EE.UU. como un avión de entrenamiento de vuelo instrumental luego de dar de baja a otros aparatos que ocupaba en ese entonces (aunque yerra al decir que el avión era una versión A35 y que su precio habría sido 12 mil dólares –p.46). Con todo, lo interesante de los primeros pasos de este avión en Chile es que habiendo arribado al país en el segundo semestre de 1950, fue inscrito en el Registro Nacional de Aeronaves el 9 de noviembre de ese año con la matrícula CC-CAG, registro del que no ha quedado huella en ese archivo. Claro, pues si uno ve la foja 0524, que es aquella en la cual se estampó el ingreso del avión al sistema de matrícula nacional, la primera matrícula local que ciertamente tuvo –la CC-CAG– aparece totalmente raspada y sobreescrita por aquella que se le asignó a contar del 9 de abril de 1954, la CC-CLB 101, que luego sería CC-CLBA 101 cuando esa línea aérea decidió correr con colores propios en el país a la hora de matricular sus aviones, pasando de un sistema de tres letras a otro de cuatro. Y precisemos además que la propia CC-CLBA tampoco está consignada como tal en el Registro. Digamos que el procedimiento de borronear o hacer desaparecer a navaja las primeras matrículas –aunque no oficialmente instaurado– sí era lamentablemente habitual en esos tiempos, en vez del más adecuado proceso de hacer una nueva inscripción en otra foja o en el reverso de la original, como ocurrió después. Y justamente esa irregularidad formal es una de las tantas críticas que se puede hacer al RNA de esa época, encontrándose otras tantas en trabajos escritos de autores que nada tenían que ver con historia aeronáutica ni con spotters, como el abogado Eduardo Hamilton (Manual de Derecho Aéreo). Como sea, la fotografía de más arriba demuestra que, a pesar de que no queda (en el RNA) registro oficial de la CC-CAG, ésta sí existió. Y el logo Lan en el timón del aparato cierra la historia. En resumen, la oportuna imagen ayuda a dilucidar un pequeño misterio relacionado con la primera matrícula utilizada por este avión, enmendándole la plana -si se quiere- al registro oficial de la materia. Y no es el único caso.

La imagen muestra al avión accidentado en el río Chaitén el 16 de junio de 1954 (¡en un momento en que ya debería haber lucido la nueva matrícula CC-CLB!), luego de haber tenido que bajar por falla mecánica mientras exploraba la zona en la búsqueda de terrenos para una nueva cancha de aterrizaje. Lamentablemente, no hay registro oficial tampoco de este accidente, y desconozco el paradero de la investigación sumaria por el hecho (si es que se incoó). En todo caso, el piloto era el conocido Alfonso Cuadrado Merino, sobrino del prócer Arturo Merino Benítez.
Beechcraft B35 Bonanza

Sin embargo, el avión sobrevivió a ese accidente y protagonizó otro el 17 de septiembre de 1957, ya como CC-CLBA 101, cuando aterrizó en el fundo Los Aromos, 24 Km al sur de Santiago, mientras venía a Los Cerrillos desde Concepción con tres pasajeros. Una incorrecta elección de la válvula selectora de estanques de combustible hizo que el motor se quedara sin alimentación, debiendo irse a tierra a las 17:40 hora local, destruyendo el tren de aterrizaje completo y ambas alas. El aparato ya acumulaba 2.082 horas de vuelo.

El 6 de marzo de 1959 la Lan lo vendió al particular Roberto Arriagada Bruce, y el avión recibió el 4 de septiembre de ese año su nueva matrícula CC-PRA 0216. Como tal se accidentó en Tobalaba el 5 de enero de 1973, al aterrizar sin tren (por olvido de bajarlo). Ya acumulaba 2.771 horas de vuelo y sufrió un 15% de daños en el motor y un 8% en la célula.

Finalmente, el 27 de octubre de 1977 fue involuntario protagonista de un curioso accidente que ocurrió también en Tobalaba, cuando resultó dañado por el Beechcraft V35B matrícula CC-PFJ que estaba siendo sometido a mantenimiento de rutina en ese aeródromo. La cosa fue harto trágica, porque mientras un mecánico hizo andar a este avión frente a la maestranza para que otro técnico le hiciera las regulaciones de rigor, el aparato echó a correr descontroladamente y atropelló a un obrero que desafortunadamente circulaba por ahí, el que quedó en estado de extrema gravedad; de paso, el avión loco también se fue encima de nuestro CC-PRA, el que quedó muy dañado en su motor y zona frontal. Otro avión que estaba ahí también fue embestido por el Beechcraft sin piloto.

El fin de la historia para este monoplano estuvo marcado por la tragedia: el 15 de septiembre de 1990 se estrelló en el sector de Playa Ancha, Valparaíso, resultando tan destruido que lo único que no resulto pulverizado fue precisamente la sección trasera del fuselaje, donde se alcanzaba a leer la matrícula que mantenía a esa fecha, la CC-PRA. En el accidente perecieron el piloto y su hija -los dos únicos ocupantes del avión-, quienes habían salido desde Tobalaba poco antes. La causa, una probable desorientación espacial. A esta fecha, el aeroplano ya acumulaba 2.999 horas de vuelo.

Para terminar, digamos que el protagonista de estas notas tenía el número de constructor D-2310 y fue uno de los 480 aparatos del mismo tipo y versión construidos en 1950. Y con respecto al precio de 12 mil dólares que menciona Barriga, este dato se condice con los US$ 11.975 que costaba la versión básica del avión en 1950, pero la factura entregada a la Dirección de Aeronáutica al momento de inscribirlo (como curioso título de dominio) menciona la cantidad de US$ 16 mil y algo más, probablemente por la aviónica adicional que el aeroplano debió haber recibido para su rol de entrenador instrumental en la Lan, o por los gastos asociados de la puesta del avión en Santiago. Sólo como detalle.

Un Post Data desde los EE.UU. Luego del cierre de esta nota, el historiador aeronáutico John Davis me hace llegar algunos antecedentes de este Beechcraft CC-CAG, los que confirman los datos anteriormente aportados. Lo más sustancial de la comunicación se refiere a que el avión fue entregado por la casa Beech a la empresa importadora santiaguina Bunster y Bezanilla Ltda. El Certificado de Exportación a Chile tuvo el código E-20027, de fecha 17 de abril de 1950, y se extendió precisamente para la matrícula CC-CAG.

Otro Post Data, de 2020. Don Sergio Barriga Kreft, historiador aeronáutico, me aclara que el accidente mencionado en el río Chaitén de 16 de julio de 1954, no habría sido tal. Lo que habría ocurrido, de acuerdo a relato que él obtuvo del propio piloto, el aparato descendió en búsqueda de terrenos para una futura pista y quedó estacionado en las cercanías de la orilla del cauce de agua. Más tarde, la marea subió y alcanzo al Bonanza, debiendo acudir lugareños para retirarlo del río.    

09 octubre 2009

Artículo sobre LADECO

LADECO en Brasil
Un interesante artículo de 8 páginas de extensión trae el último número de la revista brasileña FLAP INTERNACIONAL relativo a la historia de la aerolínea LADECO en los cielos de ese país. Escrito por Gianfranco Betting, el trabajo repasa la historia de casi 20 años de la que algún día fuera una importante empresa aerocomercial chilena en su paso operativo por el gigante del Atlántico, entre 1979 y 1996. Con una quincena de fotografías de aeronaves Douglas DC-3/DC-6, Boeing 707/727/737/757 y Airbus A3o0 y de imágenes de publicidad de la empresa, el artículo aparece en el Nº 444 de esta revista mensual y su adquisición o suscripción puede consultarse en el sitio web de la editorial.

23 mayo 2005

Accidentes aéreos en el sur de Chile

Una Hermosa Ruta Infernal
Esa frase –que pudiera parecer contradictoria a primera vista– me la dijo un antiguo y experimentado piloto que lucía sus tradicionales Ray-Ban y una ajada chaqueta de cuero generosa en parches de unidades militares del mundo, mientras montábamos en un descascarado bimotor saliendo de Balmaceda en dirección a Puerto Montt. El hombre hablaba con conocimiento de causa: ciertamente lo que veíamos abajo era paradisíaco, pero peligroso en potencia. Con un clima habitualmente malo y –mucho peor que eso– rápidamente cambiante, no hay plan de vuelo que resista ante los caprichos de una naturaleza a la que la seguridad aérea le importa un soberano comino.

Y lamentablemente muchos compatriotas lo han averiguado en carne propia, con no siempre felices resultados, pues tras la historia pormenorizada de cada uno de los accidentes aéreos que han ocurrido en nuestro país suele existir un profundo y las más de las veces interminable drama para víctimas, familiares y, por qué no decirlo, instituciones relacionadas con la aviación.

Si bien el hecho de determinar y establecer las causas detrás de los accidentes de nuestra aviación civil corresponde sólo a la voz autorizada de la Dirección General de Aeronáutica, bien podemos nosotros dar un vistazo de carácter histórico a algunos de los más impactantes de ellos ocurridos en el sur de nuestro Chile, aunque sea sólo a nivel de recuento y sin más ánimo que recordar a quienes dieron sus vidas en vuelos que nunca llegaron a su destino o que terminaron de mala forma, y en ningún caso para sistematizar u homologar los motivos técnicos y humanos que estuvieron detrás de cada uno de estos luctuosos hechos.

Si bien en Chile el primer vuelo de un avión se produjo el 21 de agosto de 1910 en un entonces terreno agrícola de Santiago (en el cual hoy abundan los edificios de departamentos y sólo un monolito recuerda la hazaña), que esas ingeniosas máquinas voladoras y sus intrépidos pilotos se aventuraran un poco más al sur o más al norte del país fue un lento proceso que gran parte de las veces costó sangre, sudor y lágrimas. A la carencia de aviones lo suficientemente poderosos o siquiera confiables con los cuales emprender esos arriesgados periplos, definitivamente uno de los factores más serios a considerar por los planificadores de entonces –aparte de la inexistencia de vías conocidas, pistas aptas, ayudas a la navegación y pilotos experimentados– lo constituyó la meteorología, ya dura e inhóspita para la vida, peor para aventuras aladas cuyo destino era incierto. Y en eso radicó gran parte del valor de los pioneros locales, civiles y militares.

En lo que se refiere en la exploración aérea hacia el sur chileno, los esfuerzos del mando militar de la época por abrir una vía aérea –primero hasta Aysén y luego hasta Punta Arenas– dieron frutos concretos hacia 1929, cuando en Puerto Montt se creó la Escuadrilla de Anfibios N° 1 (actual Grupo de Aviación N° 5) dotada de aparatos Vickers Vedette encargados de las exploraciones locales de rigor. Poco después se inauguró el servicio aéreo entre la capital y Puerto Montt utilizándose trimotores Junkers R.42, también militares. Las primeras víctimas fatales de estas misiones resultaron ser los aviadores Aníbal Vidal Silva y Alfredo Román Garay, muertos cuando el Vedette N° 5 de la Línea Experimental a Aysén que tripulaban fue virtualmente lanzado al mar cuando vientos huracanados lo bajaron desde unos 500 metros de altura mientras se encontraba cerca de la isla Santa Elena; el avión se hundió a la salida del estuario Aysén, zona permanentemente barrida por temporales y cubierta por bancos de neblina. Este penoso hecho ocurrió el 23 de enero de 1930.

Tres días después, el creador de la Fuerza Aérea Nacional, comandante Arturo Merino Benítez, se arriesgaría bastante en un vuelo desde Puerto Montt hasta Punta Arenas en el Junkers R.42 matrícula J6, en un viaje muy circunstanciado debido precisamente a las pésimas condiciones climáticas, y que terminaría con el avión hundido en aguas del Estrecho de Magallanes el 7 de febrero de ese mismo año, luego de haber llegado exitosamente al muelle de Punta Arenas, el que desde entonces sería conocido como “el accidente de Agua Fresca”. En el mismo sentido, el 2 de junio de 1937 el Sikorsky S-43 N° 2 llamado Chiloé, de la Línea Experimental Puerto Montt-Magallanes (de la FACh), zozobraría en Hualaihue, cerca de Ancud, víctima de un temporal insoportable, causando la muerte de los cuatro aviadores militares tripulantes. Este fue el primer accidente de un avión de pasajeros en la ruta austral.

Todos coinciden: no es cosa fácil
Para los efectos de estas notas, puede decirse simplistamente que “el sur” lo forma todo aquello que está entre la ciudad de Puerto Montt –la última urbe de importancia que es posible encontrar en el continente por el lado chileno– y el Cabo de Hornos: entre ambos puntos, una magnífica infinidad de islas, glaciares, fiordos, canales y toda clase de accidentes geográficos, cuyo conjunto hace pensar que fue cierto aquello de que cuando Dios terminó de ensamblar el mundo, sin saber qué hacer con todas aquellas piezas del puzzle que le habían sobrado, optó por arrojarlas a un rincón, a lo que es justamente la zona que mencionamos. En todo caso, este Supremo Acto Dispositivo fue en realidad una bendición, pues los parajes de nuestras tierras meridionales bien pueden catalogarse dentro de los sitios naturales más bellos del mundo, plenos de bosques milenarios, reserva mundial de agua dulce gracias a sus inmensos glaciares y cursos del vital elemento, y verdadero paraíso de la pesca con mosca y otro importante número de actividades recreativas, turísticas y deportivas. Para qué hablar de las amplias posibilidades de aprovechamiento energético.

Pero tanta belleza no es gratis: vientos de hasta 120 Km/h o más, tormentas de nieve, frecuente visibilidad cero, lluvias interminables, nieblas y neblinas, tupidos bosques, profundas quebradas, y numerosos cerros que tienen la mala costumbre de esconderse dentro de las nubes, se cuentan entre algunas de las gracias con que la naturaleza dotó a estos parajes. Y la mezcla de eso con la aviación suele resultar en un cóctel muy explosivo. Así, los accidentes que han ido tiñendo de rojo esta zona se cuentan por decenas. Obviamente muchos de ellos no han tenido por causa inmediata al clima, sino que a simples fallas mecánicas o humanas (desde descuidos hasta francas irresponsabilidades), o simplemente al azar. Todos esos acontecimientos están debidamente documentados. Pero muchos también se han debido a las malas jugadas causadas por el clima, ya como factor principal o como coadyuvante de cualquiera de los anteriores.

Y precisemos que la pésima meteorología no es una exclusividad de Puerto Montt hacia el sur, sino que sus efectos generalmente se dejan sentir en forma habitual desde bastante más al norte, donde terribles accidentes se han debido principalmente al reto insuperable que en su momento significó un frente que fue demasiado duro, o que se dejó caer demasiado rápido, o que se extendió por una zona o durante un lapso inconvenientemente extensos. Pero es en el amplio sur donde la cosa se pone realmente difícil para la navegación, a diferencia de los límpidos cielos del norte (zona geográfica que, sin embargo, también tiene su historia que contar). Si bien esta no es la oportunidad ni el lugar para hacer un relato pormenorizado de todos ellos (un tarea difícil, pero en ningún caso imposible), sí resulta propicia la ocasión para recordar algunos de los acontecimientos más notables, conocidos o no, en los cuales la naturaleza ha impuesto sus fuerzas contra los desprevenidos mortales, ya como factor directo o como simple coadyuvante de otras causas más complejas.

El 16 de junio de 1963 se extravió
entre Puerto Montt y Balmaceda el transporte bimotor Douglas C-47 número 953 de la FACh. Sus restos fueron encontrados al día siguiente por aviones de la institución que salieron a buscarlo, estrellado a 20 km al norte de la isla Cinco Hermanas. Hubo 19 muertos y un herido grave.

Sin embar
go, el que se lleva las palmas en relación a la cantidad de víctimas fatales es el acontecido el 8 de abril de 1968 al Douglas DC-3 CC-CBM de la recordada LADECO, vetusto avión que vio como su ala izquierda se le desprendía por efecto de las fuertes vibraciones que producían las tremendas corrientes orográficas que azotaban la zona en aquel momento, yendo a estrellarse en la zona del monte Emperador Guillermo, al norte de Coyhaique, con 36 muertos. Fallas técnicas se habían registrado en el avión poco antes, pero el zamarreo propio del vuelo terminó por sellar su destino.

En 1977 otro duro accidente conmocionó a Puerto Montt y al resto de país, cuando el día 24 de julio el transporte Douglas DC-6B número 989 de la FACh que hacía un vuelo de régimen entre Punta Arenas y Santiago se estrelló a unas tres millas al este de El Tepual, en una zona de pantanos llamada San Antonio, desintegrándose e incendiándose al tocar tierra a las 19.00 horas, falleciendo 38 del total de 82 personas a bordo. El cuatrimotor hacía un descenso instrumental en Puerto Montt, mientras caía una intensa lluvia.

Sólo en relación al número de víctimas fatales, le sigue en el conteo la triste experiencia vivida por los pasajeros y tripulantes de un transporte CASA 212-300 del Ejército de Chile, avión que se extravió cerca de Chaitén el domingo 6 de agosto de 2000. El moderno bimotor, número de orden 230, había despegado desde la base militar en Rancagua en un viaje hacia Coyhaique trasladando civiles mayormente parientes de oficiales de esa fuerza armada; luego de dejar atrás Puerto Montt, el piloto reportó excesiva acumulación de hielo en los bordes de ataque de las alas y emprendió regreso hacia el continente, adentrándose hacia el frío interior cordillerano, donde su problema se agravó, y terminando estrellado en una profunda quebrada; sólo después de varios días de dramática y concurrida búsqueda los restos mortales de 14 personas fueron penosamente recuperados.

El 4 de julio de 1962, un poderoso viento arrachado sacó de la pista al Douglas DC-3 CC-CLDH 202 de la LAN que aterrizaba en Chaitén procedente de Castro, haciéndolo entrar en un carrusel interminable que dejó al avión estrellado de nariz contra un montículo, semicapotado, con múltiples daños y 15 ocupantes definitivamente asustados. Poco después, el 16 de septiembre de 1963, el Beechcraft A35 CC-SZD del Club Aéreo Universitario de Concepción terminaría totalmente destruido y con sus cuatro ocupantes muertos cuando, cerca del sector de Tubildad, el techo extremadamente bajo lo hizo descender más de la cuenta, para enfrentarlo directamente contra un cerro, cayendo en pérdida luego de una montada que duró más de lo debido y que no alcanzó a sacarlos en la vertical.

No menos importante, el 26 de mayo de 1969 marcó el comienzo del desastre para la historia de la novel aviación de la Policía de Investigaciones de Chile, cuando durante un vuelo institucional desde Puerto Montt a Santiago, el pésimo clima y la imposibilidad de ascender buscando mejores aires, hicieron que el aparato –un Piper PA-23-250 Aztec matriculado CC-ETA, el segundo aparato adquirido por la policía civil para sus servicios propios– se estrellara de frente contra un cerro en la zona de Sierra Nevada, muriendo el entonces jefe máximo de dicha policía –Emilio Oelckers– y otros cuatro connotados ocupantes. Sólo los deshielos de verano permitieron acceder a los restos meses después, gracias al descubrimiento de unos trabajadores temporeros. Este fue el comienzo de una notable serie de desastres para la aviación de dicha institución, antes de su refundación a mediados de los años ’70.

El 27 de noviembre de 1968, seis compatriotas encontraron la muerte luego de que el bimotor Cessna 337A matrícula CC-PDN en que se trasladaban para hacer observaciones y mediciones para la construcción de caminos en Puerto Aysén, se estrellara en el cañadón sur de Sotomó, en la desembocadura del río Puelo, entre El Tepual y Lago Verde. El avión –que era operado por el Club Aéreo de Castro y que había salido desde El Tepual a las 19.30 horas– resultó completamente destruido, siendo las fuertes turbulencias de un estrecho pasaje y la imposibilidad de salir del encajonamiento la causa del accidente.

El deshielo, otro fenómeno muy frecuente que suele afectar principalmente a las canchas de tierra, fue la causa de que el de Havilland DH-104 Dove matrícula CC-CAF de la LAN (conocido como el LAN 0318) se enterrara de nariz en la pista –de lodo a esas alturas– de Futaleufú el 11 de agosto de 1953, aunque afortunadamente no hubo víctimas que lamentar. Tres muertos se registraron el 11 de junio de 1966 cuando el Piper PA-28-140 Cherokee matrícula CC-MNA del Club Aéreo de Aysén que volaba con el pasavante vencido, pero autorizado para ayudar a las víctimas de una catástrofe climática en la zona, se estrelló contra un cañadón en Aysén. El 5 de abril de 1967 el Beechcraft 65 CC-ECA del Ministerio del Interior (asignado a la Intendencia de Aysén) se vio obligado a bajar en una rudimentaria pista a medio terminar debido al mal tiempo reinante en la zona de Cochrane; daños varios y los pasajeros ligeramente heridos (cuatro profesionales que supervisaban la construcción de canchas de aterrizaje).

Vientos arrachados superiores a los 30 nudos acabaron en tierra con el Curtiss C-46A matrícula CC-COA de la recordada empresa unipersonal Transportes Aéreos Squella el 13 de junio de 1968, avión que tuvo serios problemas para aterrizar en la cancha de Coyhaique, aunque no hubo muertos esta vez (a pesar de que el avión tenía por nombre El Pan de Dios, no tuvo mucha ayuda divina en este trance); Carlos León de la Barra hacía de piloto en esta oportunidad. Este mismo avión resultaría totalmente destruido y con sus tres ocupantes muertos cuando el 17 de diciembre de 1973, mientras hacía un vuelo visual de carga entre Chabunco y El Tepual por cuenta de la empresa Transportes Aéreos Suravia, se estrelló contra el cerro La Paloma, a unas 16 millas al sur de Coyhaique, por una serie de fallas mecánicas. En el mismo sentido, el recordado Óscar Squella Avendaño encontró la muerte el 31 de julio de 1981 a bordo del C-46D registrado CC-CAT a poco de despegar desde Cochrane en un vuelo de carga de la empresa LATISA, junto a otros tres ocupantes; agreguemos que este fue el último vuelo en Chile de un vetusto carguero del tipo señalado.

Varias de nuestras aerolíneas –tanto aquellas más grandes como las dedicadas a servicio de taxi aéreo– tienen también en sus historiales de accidentes algunos hechos en los que el duro clima concurrió como un factor relacionado. Así, el 27 de mayo de 1951, mientras se desarrollaba un vuelo regular entre Punta Arenas y Puerto Natales por cuenta de la Línea Aérea Nacional, el Lockheed 10A Electra matrícula CC-CLI 0007 resultó severamente dañado debido a un aterrizaje en la cancha congelada de Puerto Natales, ciudad que había experimentado un invierno particularmente duro ese año; las 12 personas a bordo resultaron, sin embargo, ilesas. Fuertes vientos arrachados sacaron de la pista de Puerto Porvenir al Douglas DC-3 CC-CLH del vuelo 620 de la misma LAN, quebrando el tren de aterrizaje y declarándose un incendio que terminó por consumir totalmente al avión; este hecho ocurrió el 17 de febrero de 1950, y en él salvaron ilesas las 29 personas a bordo.

Otro caso muy dramático ocurrió en las cercanías del aeropuerto Carlos Ibáñez del Campo, de Punta Arenas, el 17 de julio de 1968, cuando el Curtiss C-46D matrícula CC-CDI de la novel empresa Aerolíneas Magallánicas Ltda. se estrelló en el Estrecho de Magallanes minutos antes de aterrizar (procedente de Argentina), causando la muerte de sus cinco ocupantes y la destrucción total del bimotor; si bien en este caso se estableció que la principal causa fue un error en la calibración del altímetro, el clima reinante esa noche –techo bajo, viento de casi 20 nudos, escasa visibilidad y chubascos fuertes de agua nieve– concurrieron como factores que complicaron fatalmente la maniobra del descenso.

En Punta Arenas también, el 23 de mayo de 1972 el clima le jugó una mala pasada al Beechcraft D18S matrícula CC-CDM de la empresa Línea Aérea TAMA, pilotado por Leonidas Gómez Gross y con otros nueve a bordo. Instantes después de despegar desde Bahía Catalina con destino al aeródromo Luis Fuentes Martínez, de Puerto Porvenir, la formación de hielo en las alas hizo que el aeroplano se desestabilizara y pasara a chocar los cables del alumbrado público de la ciudad, cayendo de inmediato en la Avda. Bulnes e incendiándose totalmente: el piloto quedó herido, pero los pasajeros… ¡salvaron indemnes!

El 8 de julio de 1981, el Cessna 402 CC-CBK de Transportes Aéreos Coyhaique se fue a tierra en terreno argentino, en Valle Huemules, y los tres tripulantes salvaron ilesos. Distinta suerte corrió el Piper PA-23-250 Aztec CC-CCH de Transportes Aéreos Don Carlos, extraviado el 8 de abril de 1997 cerca de Cochrane y con un resultado de cinco muertos, la mayoría de ellos militares del Cuerpo Militar del Trabajo que realizaban obras viales en el área. El 2 de marzo de 1998 el Cessna 401 CC-CIX –al mando de don Alfonso Cuadrado Kaiser– despegó desde Chaitén y se fue a tierra de inmediato en la playa La Puntilla, causando la muerte de cuatro personas y quedando otra muy grave, aunque en este caso la causa fue incendio de uno de los motores y no el clima. Tres heridos y dos muertos dejó el choque del Cessna U206 CC-CTB contra el cerro Chamuscado, más al norte de Puerto Montt, en medio de un clima perversamente malo, el 6 de marzo de 2000.

El 17 de abril de 1982, mientras emprendía un vuelo Puerto Montt-Chaitén, a los 7 minutos de vuelo se incendió el motor izquierdo del Piper PA-23-250 CC-CDL, bimotor que formalmente pertenecía a la empresa Ernesto Hein y Cía Ltda. (aunque es probable que la nave ya hubiera sido transferida un tiempo antes al piloto al mando al momento del siniestro). El piloto intentó un aterrizaje forzoso en Punta de Ilque, pero el fuego se propagó tan rápido que medio kilómetro antes de llegar a la planicie, el bimotor cayó al mar envuelto en llamas. Los siete a bordo murieron.

El 5 de junio de 1982 resultó desaparecido en un vuelo Puerto Montt y Punta Arenas el Beechcraft 65-A80 CC-CFJ de la empresa TAMA Ltda., tripulado por Jorge Freyggang y su grupo familiar compuesto por otras cinco personas; un destino similar sufrió el 28 de noviembre de 1983 en las cercanías de la isla Guarello el Piper PA-31-350 CC-CIL operado en ese momento por la Línea Aérea Magallanes en un vuelo entre Punta Arenas y Puerto Montt, también dándose por desaparecidos sus dos tripulantes.

Finalmente, el Beechcraft 65-A80 CC-CFS de la empresa Transportes Aéreos Don Carlos cayó el 16 de mayo de 2005 poco después del mediodía, ocasión en la que diez almas encontraron la muerte luego de haber despegado desde Balmaceda y capotando a 9 millas al sur de esta localidad, en el sector argentino de Portezuelo.

Algunos accidentes que afectaron a
la aviación de Carabineros
El mal clima ha sido la causa determinante también de varios accidentes fatales ocurridos a la aviación de Carabineros de Chile, generalmente presente en la zona sur a través de las actividades de los aviones de su club aéreo como de la Prefectura Aeropolicial.

Uno de los primeros fue el que le ocurrió al Cessna 182B matrícula CC-KKE, el que al mediodía del 6 de marzo de 1965, y mientras hacía un vuelo desde Castro a Ancud, se encontró con un frente situado en las cercanías de Quemchi, metiéndose en las nubes y estrellándose luego de una picada de 45º con la que intentó salir de las nubes; sus cuatro ocupantes murieron. Similar destino encontraron los siete a bordo del Piper PA-31 Navajo CC-KKC que el 3 de febrero de 1986 vieron cómo su avión se desarmaba en vuelo mientras hacía un viaje desde Tobalaba, cayendo en el cerro El Fraile, cerca de Coyhaique.

Más recientemente, el 27 de octubre de 1993 el Cessna U206G CC-LLE se estrelló contra el cerro La Aguja, en la X Región, mientras hacía un vuelo Llanada Grande-El Tepual. La causa probable fue meterse en un frente sobre un sector con complejas características orográficas, intentando volar instrumental sin tener radioayudas suficientes; los seis ocupantes fallecieron.

Algunos de los helicópteros policiales, por su parte, también han sido víctimas de las inclemencias climáticas del sur: el MBB BO-105C registrado C-09 cayó el 17 de enero de 1990 en Río Cuervo, cerca de Aysén. El 10 de diciembre de 2003 cae controladamente en la cordillera de Lonquimay el Bell 206B JetRanger III número C-07, afectado gravemente por los fuertes vientos existentes en esa zona; una situación similar –un fuerte temporal– afectó al MBB BO-105CB número C-12 el 27 de enero de 2006, cuando cayó a tierra cuando estaba por aterrizar en el helipuerto de la tenencia policial de Balmaceda; el aparato provenía desde el aeródromo de Coyhaique, siendo afectado por el viento al intentar aterrizar y golpeando violentamente contra el terreno.

Otros accidentes militares
En una zona de tan difícil conectividad, y donde la sacrificada aviación privada no siempre ha estado enteramente disponible, la presencia de la Fuerza Aérea de Chile ha resultado absolutamente primordial. Y qué mejor exponente de la labor de nuestros aviadores que los aviones institucionales que alguna vez reinaron desde fines de los ’20 con los Vedette y los Gipsy Moth, para seguir con una serie larga de otros aviones y helicópteros, en una entrega que no ha conocido pausas.

Así, y ya en la época de nuestra aviación de los últimos 50 años, el 17 de diciembre de 1960 el de Havilland DHC-3 Otter número 933 del Grupo 5 cumplía una comisión a Chaitén para dejar repuestos a otro avión similar que se encontraba descompuesto (el 932), y terminó extraviado con sus cuatro ocupantes muertos, entre ellos un teniente de Carabineros.

Más allá, qué mejor exponente que el conocido, fiel y ubicuo DHC-6 Twin Otter para graficar el apoyo social que la FACh brinda a nuestros compatriotas en el sur. Sin embargo, la entrega de este bimotor todo-terreno no ha estado exenta de sacrificios: adquiridos en 1966, y al poco tiempo de asentarse en la zona, el 14 de septiembre de 1969 el DHC-6-100 número 942 resultó muy averiado en Puelo Alto con la pérdida de sus tres tripulantes.

El 17 de noviembre de 1972, el Twin Otter número 938 también se estrelló en Segundo Corral intentando aterrizar con una falla de motor; el avión resultó destruido y tres tripulantes fallecidos y dos muy graves. Poco después, el 9 de septiembre de 1974 el Twin Otter número 941 también resultó totalmente destruido luego de que, a las 19.50 horas, la neblina le complicara demasiado el aterrizaje en el cabezal sur de El Tepual; seis muertos y un herido grave fue el saldo.

El último caso fue sin duda el que afectó al comandante Fuentes y sus dos camaradas el 2 de julio pasado, en una operación a muy baja altura que terminó con el avión estrellado contra un cerro luego de encontrar en su camino a un tendido eléctrico. Un recuerdo especial para el tripulante Marcos Oyarzo Ll., antiguo amigo de quien escribe estas líneas.

Epílogo
La relación de los accidentes ocurridos es más cuantiosa aún, y con seguridad otros vendrán en el futuro. Los últimos hechos que afectaron al Cessna Grand Caravan CC-CTR de Patagonia Airlines (7 de junio), al Twin Otter del Grupo 5 de la FACh (2 de julio), y al Beech 99A CC-CFM de Aerocord (10 de julio), lamentablemente se suman a un largo historial de eventos similares. Lamentablemente, y aunque se incrementen las ayudas a la aeronavegación o la seguridad de vuelo sea estrictamente fiscalizada (como generalmente suele ocurrir en nuestro sistema aeronáutico), los imponderables de siempre harán que los accidentes sean prácticamente inevitables, y la historia da suficiente prueba de ello. Y en tal sentido el pésimo clima nunca dejará de ser un factor a considerar, así como lo entramado y enrevesado del panorama geográfico de la zona, el que muchas veces –como ha ocurrido antes– hará que la ayuda tarde en llegar o simplemente no llegue nunca. La época de los pioneros, entonces, en las rutas aéreas del sur de Chile, sigue plenamente vigente, qué duda cabe.

03 febrero 2007

1965: El vuelo trágico del CC-CCG

Uno de nuestros peores desastres aéreos

El 6 de febrero se conmemoran 42 años del accidente del DC-6B CC-CCG de LanChile, hecho que segó la vida de 80 pasajeros y una tripulación compuesta por siete empleados de la compañía. Se trató del vuelo 107, el que cumplía itinerario entre Santiago y Montevideo, vía Buenos Aires.

La aeronave despegó desde Los Cerrillos a las 08.06 HL, enfilando hacia el Cajón del Maipo. Entre las 08.30/08.36 horas, aproximadamente, se estrelló contra el filo montañoso que une los cerros Catedral y Corona en la cordillera de los Andes, sector de Lo Valdés, a 4 Km de la planta de agua potable La Yesera.

A bordo viajaban pasajeros chilenos, argentinos, peruanos, uruguayos, italianos, estadounidenses, checos, soviéticos y alemanes, resultando todos fallecidos.

El avión era el Douglas DC-6B CC-CCG (c/n 45513), tenía el número de flota 404 de la Lan, y había arribado a Chile el 21 de agosto de 1958, formando parte de un grupo de cuatro naves similares adquiridas a la casa Douglas en US$1,8 cada uno. Resultó totalmente destruido y a la fecha acumulaba ya algo más de 17.000 horas de vuelo. El piloto registraba casi 11.000 horas de vuelo, y había cruzado la cordillera hacia Argentina en 24 ocasiones como comandante y en 102 como segundo oficial.

La comisión de peritos llegó a establecer que en la operación de la aeronave se cometieron múltiples hechos constitutivos de grave indisciplina de vuelo, lo que contribuyó a agravar el dolor de los familiares de todas las víctimas. Al respecto, la prensa de la época es elocuente, particularmente el diario El Mercurio de 23 de marzo de 1965 y fechas posteriores.

07 octubre 2008

El Mercurio, Hace 30 Años


Un aparato similar al accidentado en Chile en 1978 (foto, Kjell Nilsson)
Como es habitual, El Mercurio continúa con su interesante sección en la que nos recuerda noticias ocurridas en nuestro país hace algunas décadas. En el día de hoy trae de vuelta el accidente de 6 de octubre de 1978 en que se vio envuelto un avión de la US Navy de paso por Chile. Si bien con un error en la identificación del aparato, el hecho rememorado golpeó fuertemente a la opinión pública por el alto número de muertos ocasionados y por la destrucción total del carguero. El avión se estrelló a las 10.20 horas contra uno de los cerros del sector de Chena, a punto de aterrizar en Los Cerrillos, causando el fallecimiento del piloto, el capitán de fragata Warren Kent Damm, y 17 pasajeros. El cuadrimotor provenía de Concepción transportando a miembros de la 138 Task Force que participaban en la XIX Unitas. Si bien el diario habla de un DC-8, la verdad es que el avión destruido resultó ser un Douglas R6D-1/(C-118A), BuAerNº 131618/(s/n 51-17659), c/n 43271 (código de cola JT 3618).

27 junio 2007

El avión LAN de Pampa Chiza

La historia nos alcanza
El hecho de que los restos de un antiguo avión de la Línea Aérea Nacional hayan aparecido en el desierto de nuestro norte es un buen motivo para emprender un ejercicio de investigación histórica.

Parte de lo meritorio de la acción de los oficiales de la FACh que en 2005 fotografiaron esos despojos situados en Pampa Chiza, es haber accedido por tierra hasta el lugar y hacer las imágenes; la posterior circulación de esas fotos sin duda ha servido de aliciente para pensar qué hacer con ellos, estando en estudio su posible restauración. Y digamos que el lugar en cuestión sigue siendo de tan difícil acceso como lo era hace casi siete décadas.

El hecho del accidente fue escasamente cubierto por la prensa de 1939, circunstancia que hace más interesante cualquier labor investigativa. Lo que los diarios no han mencionado–ni antes ni hoy–es la identidad del aparato involucrado, información que sin duda tiene incidencia en cualquier plan de rehabilitación, si es que se desea reproducir realmente no sólo la correcta apariencia del avión en esa época, sino que la historia misma de su individualidad propia (un factor incluso más valioso). En el mismo sentido, el desconocimiento de mayores detalles en relación con el hallazgo de esta aeronave, ha significado que junto con atribuírsele cualidades que en realidad le son inexistentes, no se haya acertado con el verdadero valor de esos fierros abandonados. Ya veremos en qué consiste este error básico.

Entendiendo que el presente artículo es un avance concreto respecto del tema, tiene también algunas características que interesa dejar en claro para instar por su adecuada interpretación:

a) Aporta una amplia serie de antecedentes inéditos obtenidos exclusivamente de fuentes primarias, y concluye en base a su estudio;

b) Critica diversos aspectos de la bibliografía existente, en el entendido que, siendo un tema muy poco tratado, es necesario considerar específicamente algunas afirmaciones vertidas con anterioridad, algunas de las cuales han sido reproducidas por otros autores chilenos y extranjeros sin mayor cuestión. En el mismo sentido, el formato ofrecido por este blog no me permite incluir cerca de 35 notas de pie de página en las cuales aparecen las fuentes primarias que sustentan cada afirmación, aunque cualquier interesado puede obtener mayores referencias sólo haciéndome llegar un correo electrónico; tendré el mayor de los gustos en compartir la información específica. (Refuerzo este párrafo diciendo que este artículo en realidad es una edición de otro de mayor cuantía que está circulando limitadamente desde hace algunos días).

c) Así como establece certezas respecto del tema, no vacila en hacer lo mismo con una serie de dudas de acuerdo a la información que tengo disponible hasta este momento. Siendo de la esencia de cualquier proceso de investigación, las dudas en la reconstrucción de parte de nuestra historia aeronáutica suelen acarrear ulteriores cuestionamientos más frecuentemente de lo que nos gustaría (aunque esto, en sí, es igualmente interesante). En este particular caso –además– se concluirá que, aún a nivel de investigaciones llevadas a cabo por especialistas extranjeros con acceso a otro tipo de fuentes, todavía son más las preguntas que las respuestas.

(perfil, Juan Carlos Velasco)

Los hechos de hace 68 años
El viernes 24 de febrero de 1939 nuestro avión debía realizar el vuelo de correo regular entre Iquique y Arica al mando del piloto Luis Carmona Lopehandía, aviador que volaba para la Línea Aérea Nacional desde febrero de 1938. El despegue desde Iquique se produjo a las 10:15 horas, llevando unos 5 kilogramos de carga y como único pasajero al comerciante traiguenino Cantalicio Valdebenito Vargas, quien se dirigía a Arica por asuntos de negocio. Las maniobras del avión en la cancha y su decolaje efectivo se hicieron sin novedad, con el combustible (todavía suficiente) que traía desde Santiago.

Luego de una media hora en el aire, y al sur de la Quebrada de Camarones, las revoluciones del motor bajaron casi a cero, por lo que el piloto optó por manipular la llave del gas, lo que permitió que el aparato respondiera por algunos momentos, logrando también recuperar algo de la altura perdida durante la falla. Sin embargo, un par de minutos después el motor nuevamente se detuvo, por lo que Carmona, ante la imposibilidad de solucionar el problema, decidió apartarse unos grados hacia el oriente de la ruta habitual –la que sólo presentaba terreno muy accidentado abajo– para buscar un sector más o menos parejo en el descenso de emergencia que se hacía imperioso. Un lugar relativamente apto para tocar tierra fue observado entre las quebradas de Camarones y Chiza, por lo que el piloto cortó contacto y cerró de todos modos el paso de gasolina, comunicando por radio a Iquique su posición y la emergencia.

Una vez que el avión planeaba al mínimo de su velocidad, Carmona lo hizo tocar ruedas en una loma más o menos suave, maniobra que, por haber sido hecha sobre algunos montículos, produjo el efecto de catapultar al aparato hacia unos 30 metros más adelante, cayendo en dos grandes depresiones y dando sendos botes: el primer impacto hizo que se desprendiera el tren de aterrizaje, quebrándose el ala derecha en el segundo bote, y produciéndose una ronzada brusca hacia la izquierda, quedando finalmente detenido el avión en dicha posición. Ambos ocupantes resultaron ilesos, aunque debieron permanecer hasta la mañana del día siguiente con la incertidumbre de su salvataje.

En la mañana del sábado 25 voló sobre ellos un avión de la FACh proveniente desde la base Los Cóndores, desde el cual les fue arrojado un saco conteniendo víveres. El domingo 26, un avión Potez de la aerolínea les comunicó por radio a los accidentados que las patrullas terrestres ya se encontraban en camino, siendo finalmente rescatados ese mismo día por dos carabineros de Iquique.

Durante las investigaciones de rigor terminó por acogerse la declaración del piloto, en el sentido de que la falla que ocasionó el aterrizaje forzoso se habría debido a una obstrucción del carburador y de las cañerías que llevaban combustible al motor, aunque el avión no había presentado novedades a su salida desde Los Cerrillos, ni durante su traslado hasta llegar a Iquique el mismo día del descenso en el desierto. Como fuera, el sumario llevado a cabo por el Primer Juzgado y Fiscalía Aeronáutica de Iquique a contar del día siguiente a la caída, consideró la mayoría de las diligencias de estilo, dentro de las cuales estuvo la interrogación a piloto y pasajero, al agente comercial de la aerolínea en Iquique, al delegado de la Dirección de Aeronáutica en el mismo puerto, y al ingeniero inspector de la Línea Aérea Nacional. En resumidas cuentas, se estableció:

a) Que el estado mecánico del avión era el adecuado;

b) Que su última inspección periódica había sido hecha el 6 de febrero de 1939 (suficiente para otras 200 horas de operaciones);

c) Que el formulario de prueba final que acreditaba el correcto estado de la máquina antes del vuelo Santiago-Iquique a cargo de Carmona estaba debidamente visado y firmado en Los Cerrillos;

d) Que el aeroplano tenía combustible suficiente; y

e) Que la causa de la falla del motor había sido casual.

Para el registro, también quedó establecido que el piloto acumulaba a esa fecha un total de 760,55 horas de vuelo, y que la bitácora del avión sumaba 353,35 horas.

Como corolario, la investigación se sobreseyó definitivamente el 17 de mayo de 1939, no sin que poco después, el 29 de mayo, en los trámites de vistas de la resolución final a las diferentes autoridades competentes, el Auditor de Aviación dejara constancia de que el Fiscal a cargo no había podido inspeccionar personalmente los restos del avión al inicio de la investigación “por no haber podido llegar hasta el lugar mismo del accidente, un trámite considerado esencial y que ya no podía verificarse”. En efecto, la inspección personal del tribunal –medio de prueba al fin y al cabo– sólo pudo realizarse sobrevolando el lugar del aterrizaje forzoso.

El avión protagonista: LAN, no Fairchild

Establezcamos sin más demora que el avión accidentado el 24 de febrero de 1939 fue el conocido en su época como LAN 18. La importancia de esto radica no sólo en determinar fehacientemente la identidad correcta de dicho aeroplano, sino que también en el hecho de haber sido éste uno de los seis construidos a contar de 1933 en el taller de la línea aérea situado en Los Cerrillos. Esto último está acreditado el respectivo Certificado de Navegabilidad 205/Av. N° 5, extendido por la Dirección de Aeronáutica el 3 de abril de 1936, fecha que figura –además– como la de construcción del avión. La certificación de esta oficina también es muy valiosa en tanto establece algunas características físicas y capacidades del aerodino, datos sobre los que volveré con cierto detalle más adelante.

Aunque el Certificado de Navegabilidad no lo dice, la matrícula real del avión a esa fecha era CC-LAN 18, respecto de la cual existe evidencia fotográfica. Debería haber, además, algún documento confirmando el hecho de la matrícula, pero también es necesario destacar dos cosas del mismo período:

a) Que para identificar un avión en esa época se usaba preferentemente el número del Certificado de Navegabilidad, aunque el aparato tuviera evidentes marcas de nacionalidad y de matrícula; y,

b) Que sólo se conserva (al menos públicamente) un registro oficial de matrículas –el Registro Nacional de Aeronaves– a contar de agosto de 1942.

Tuve acceso durante el año 2005 a la serie de fotos hechas por los oficiales del Grupo 4, y de su examen puede concluirse sin lugar a dudas que los restos ya habían sido visitados por tierra en fecha indeterminada. Esas imágenes dejan ver al avión en un estado enteramente similar al que es mostrado por la prensa recientemente; esto significa que ya en ocasión anterior el aparato había sido desprovisto de todos sus planos móviles horizontales y verticales y del conjunto motor, además de otras partes menores.

Dejando ver el hecho cierto de que las fallas de los aviones de la flota LAN en esa época eran peligrosamente habituales, este mismo avión –el CC-LAN 18– ya había tenido un accidente bastante complejo, aunque es obvio que la mano de obra del taller LAN en Santiago era buena, porque el aparato fue recuperado. En efecto, el 12 de octubre de 1937 este aeroplano había despegado a las 15.27 horas desde Portezuelo con destino a Iquique, en cumplimiento del vuelo ordinario de correo y pasajeros de ese día. Luego de un recorrido de 10 minutos, y encontrándose a unos 30 Km al norte de Antofagasta, el motor se detuvo en seco mientras volaba a unos 400 metros de altura por sobre la cima de los cerros del sector. El piloto –Eduardo von Bishoffshausen– al no encontrar el origen de la falla ni menos una solución, decidió aterrizar de emergencia, dando aviso a las cuatro personas en la cabina. El descenso en el seco y duro desierto se realizó al oeste de la Estación Prat, y causó serios daños estructurales al avión por la tomada de tierra y los casi 70 metros de loca carrera en el irregular terreno. El pasaje resultó ileso, y debido a que el avión en esta oportunidad no llevaba radio, el piloto y uno de los pasajeros decidieron caminar de vuelta hasta la Posta para dar aviso del hecho, lográndolo tras unas cinco horas. Los daños se produjeron principalmente en el sector izquierdo del aparato, afectando en diversos grados al ala, larguero del tren, rueda, montantes; asimismo, hubo daños al tren derecho, la cabina del piloto y al conjunto motor, entre otros.

Uno de los aspectos mencionados por la prensa de estos días al dar cuenta de las circunstancias del accidente del piloto Carmona en febrero de 1939 se refiere al hecho de que el avión habría averiado la radio al accidentarse , algo que –ya vimos– parece no ser cierto a la luz de los antecedentes testimoniales entregados en su momento por el propio Carmona y el pasajero Valdebenito. Si consideramos que en el accidente recién relatado, de 12 de octubre de 1937, el avión derechamente no tenía radio, vale la pena aportar otro dato, históricamente valioso: hacia 1937, tanto los Potez como los LAN (que así se nominaba a los fabricados o remotorizados en Chile) estaban autorizados para no portar radio; la regla general era que –de acuerdo al Reglamento de Navegación Aérea vigente– todos los aviones destinados al transporte de pasaje (cualquiera que fuera el número de pasajeros y su nacionalidad) debían contar con equipo de transmisión y recepción; sin embargo, dicha circular de la Dirección de Aeronáutica autorizaba expresa y determinadamente a los Potez y LAN nacionales para hacer su itinerario sin dichos equipos, “hasta una segunda orden”. Por esto, en el primer accidente de ese año, el LAN 18 no contaba con radio, hecho que posteriormente se subsanó, afortunadamente.

Los Fairchild FC-2 en la LAN
Revisando la historiografía nacional, el tema de los monomotores Fairchild FC-2 al servicio de la Línea Aérea Nacional ha sido mencionado sólo generalmente, como uno más de los acontecimientos de esa época. La falta de un estudio pormenorizado y fundado, hace que el asunto aún presente lagunas, las que tampoco han podido ser llenadas con los trabajos provenientes de especialistas extranjeros (quienes tampoco suelen dar razón de sus dichos). Esta falta de fundamentos concretos y conocidos de la información entregada –un defecto habitual en los trabajos escritos nacionales, y que no puede salvarse con el solo expediente de mencionar una amplia y generalmente dispersa bibliografía–, sin duda complica mucho el proceso de análisis de los datos, y suele tender un legítimo manto de duda respecto de muchas de las afirmaciones vertidas por los autores anteriores.

Con todo, sin perjuicio de que el tema presenta varios aspectos de interés que dejaré para otra ocasión, me gustaría referirme específicamente a cuatro cuestiones que me parecen básicas para intentar ir despejando algunas cosas respecto del historial de los Fairchild FC-2 en Chile. Estas son:

a) El número de aviones recibidos por la LAN;

b) Las mejoras nacionales a las que ellos fueron sometidos;

c) La construcción de nuevos aparatos en Chile; y

d) El destino de cada uno de los aviones.


Buscando algunas respuestas, resulta imposible no remitirse al primer volumen de “Historia de Lan Chile” (S. Barriga), editado en 1983 por la propia empresa, y cuyas páginas abarcan el período comprendido entre 1929 y 1964. La importancia de este trabajo no sólo radica en el hecho cierto y positivo de haber sido el primero de nuestra literatura aeronáutica que abordó en forma global la historia de la que fuera nuestra aerolínea de bandera; además, por su razón de especificidad, inevitablemente –y de seguro sin quererlo su autor– ha sido utilizado como fuente principal por una serie de otros ampliamente difundidos trabajos nacionales e internacionales que se han referido a diversos aspectos del mismo asunto. De hecho, hasta el día presente –y luego de más de 78 años desde la fundación de la empresa y 24 desde su publicación– sigue siendo la única obra nacional sobre la historia de la LAN.

Según el trabajo citado, siete Fairchild FC-2 fueron adquiridos a mediados de 1929 para el servicio de pasajeros de la Línea Aeropostal Santiago-Arica, la antecesora de la Línea Aérea Nacional, todos ellos equipados con motores de 225 hp. En esta crucial afirmación ha sido seguido sin mayor cuestionamiento por otros trabajos posteriores y bastante recientes, entre ellos el conocido “Airlines of Latin America since 1919”, en “Ese singular sentido de proteger al vuelo” y en los más recientes volúmenes de “Historia de la Fuerza Aérea de Chile”. Por comunicaciones llegadas desde EE.UU., el trabajo “Fairchild Aircraft, 1926-1987” no aporta nada nuevo al respecto.

Lo cierto es que para cualquier interesado medianamente alerta, el tema del número total de aviones FC-2 adquiridos por Chile a contar de 1929 es uno sobre el que más de alguna observación puede hacerse. Si sólo nos remitimos a lo publicado, es evidente que no hay acuerdo respecto de este punto (y principalmente porque entiendo que nunca se ha planteado abiertamente la controversia).

En efecto, podemos ver que 52 años antes de la aparición de los volúmenes del trabajo de Barriga, la tradicional revista aérea santiaguina “Chile Aéreo” publicó una crónica en marzo de 1931, con ocasión del segundo aniversario de la fundación de la LAN. En este trabajo, resumiendo la historia de la empresa a esa fecha, se sostiene que la dotación de FC-2 era de “ocho aviones”.

Más aún, la versión de “Chile Aéreo” aparece corroborada en 1980 por uno de los capítulos de “Historia Aeronáutica de Chile”, escrita por Enrique Flores Álvarez. Este connotado autor sostuvo ahí que el contrato que firmó Arturo Merino Benítez antes de que el presidente Ibáñez dispusiera la suspensión de los gastos de la Línea Santiago-Arica a raíz de la crisis económica mundial de 1929, había sido “por ocho Fairchild y tres Ford”. El coronel vuelve de igual manera sobre el punto en otro capítulo de su interesante saga, cuando escribe sobre algunos aspectos del desarrollo de la LAN, reafirmando su número de “ocho aviones”.

Primeramente, llama la atención que ninguno de los trabajos nacionales más actuales haya considerado siquiera las versiones distintas, anteriores y públicas sostenidas por la tradicional revista del Club Aéreo de Chile y por Flores (y sobre todo porque este último suele ser una fuente de consulta obligada). Así, resulta que el errado número de siete aparatos tiene un origen que por lo menos yo desconozco, ya que ni el autor original ni quienes lo siguieron lo explican, ni mencionan las fuentes específicas de sus resultados. Cierto es que tampoco Flores ni “Chile Aéreo” dan razón de sus dichos (aunque en el caso de la revista no tenían por qué hacerlo), aunque su cifra nos acerca más a la realidad de las cosas.

La evidencia fotográfica avala ciertamente el número de ocho aviones FC-2. Para mayor precisión, veamos lo siguiente:

a) Existen imágenes de todos y cada uno de los aviones numerados 1 a 8, dentro de un mismo período. Es decir, todos ellos dotados con motores Wright J-5 Whirlwind, que fue con los que se adquirieron originalmente en los EE.UU.;

b) Existe un documento oficial de la Subsecretaría de Aviación fechado el 24 de octubre de 1930 y firmado por Arturo Merino Benítez el que, dando cuenta de los inventarios de aviones en esos momentos en vuelo para la FAN y para la LAN, establece concretamente que la serie de matrículas de los aviones Fairchild de la LAN corre desde el 1 hasta el 8.

Ciertamente sería interesante encontrar un antecedente documental concreto del o los contratos firmados por nuestro Poder Ejecutivo con la casa Fairchild para la compra de esos aparatos. Hablo en un potencial plural (“uno o dos contratos”), porque existe copia de una norma de junio de 1929 por la cual el presidente Ibáñez “autoriza al Director de Aviación para firmar, en representación del Supremo Gobierno de Chile, un contrato con la compañía antedicha por la adquisición de seis aviones para pasajeros fabricados por dicha firma y denominados The All Purpose Cabin Monoplane por la suma total de US$83.640, con cargo a los fondos donados por el señor Daniel Guggenheim”. De haberse aplicado finalmente este decreto, es obvio que a lo menos hubo dos contratos en 1929 para justificar la llegada de los ocho FC-2. En el mismo sentido, cabe señalar que en el libro “Por Rutas Extraviadas”, Ramón Vergara Montero, notorio jefe de la aviación de la época, le adjudica a Merino la compra de “seis aviones” y no da más pistas de un número superior (aunque en el mismo trabajo, que es del año 1933, el mismo Vergara reconoce que el “Fairchild 7” se vio involucrado en incidente de 5 de diciembre de 1929).

Como sea, hay antecedentes de que ya a marzo de 1929 los aviones estaban siendo enviados a Chile. En efecto, el 28 de marzo de ese año el Ministerio de Guerra le pidió a la Subsecretaría de Guerra, Sección Pasajes y Fletes, que recabara del Ministerio de Hacienda la liberación de derechos aduaneros de internación de tres cajones procedentes de la Fairchild; dos de estos contenedores de la época traían dos aviones y sus motores, y el otro la serie de conjuntos alares para ambos, todo a bordo del vapor Aconcagua de la Sudamericana de Vapores, el que debería haber llegado a Valparaíso en abril de ese año.

Sin embargo lo anterior, lo cierto es que luego de arribados y operativos los ocho aviones se producirían dos hechos muy interesantes:

a) El avión número 6 sería dado de baja en fecha indeterminada antes de finalizar el año de 1930. A pesar de que no tengo aún una referencia a algún eventual accidente por el cual este aeroplano hubiera quedado inhabilitado (si es que esa fue realmente la causa de su retiro), sí dispongo de una serie de documentos oficiales fechados entre octubre de 1930 y noviembre de 1931 que no lo consignan ni siquiera entre los aparatos sometidos a reparación; por lo demás, es el propio Vergara Montero el que señala que “durante el ejercicio del año militar-económico 1929-30, ya se había destruido en el servicio comercial el Fairchild N° 6” (entre otros aparatos de otros tipos, que menciona también).

b) Se adquiriría en o luego de mayo de 1931 un nuevo avión Fairchild para el uso de la LAN, y probablemente debido a la baja anticipada del avión número 6. En efecto, este nuevo aeroplano incorporado es el número 9, del cual existe suficiente evidencia fotográfica y documental, toda la cual apunta a que este avión habría sido uno de la versión FC-2 modificada, o un FC-2W o derivado de él, debido al motor WASP de más de 400 hp con que estaba dotado ya al momento de su entrega a la LAN. Nuevamente es Vergara Montero quien nos da pistas acerca de la adquisición de este aeroplano, diciendo que se habría comprado usado y aprovechando la contingencia de no haber podido ser retirado de Arica por la firma que lo tenía destinado a Bolivia. Por mi parte sostengo que habría sido comprado por intermediación de la firma Cox y Lira en $60.000, de acuerdo a una autorización otorgada en mayo de 1931 por un decreto reservado del Gobierno. Como se verá más adelante, el paso de este aparato por la LAN fue breve, pues resultó destruido dos años después.

Pero eso no es todo: existe evidencia documental de la existencia de otro avión, en este caso el número 12, o también conocido como Fairchild 12. Este es reportado como accidentado el día 21 de julio de 1934, aunque lamentablemente sin más antecedentes aclaratorios por ahora; sin embargo, una búsqueda en los términos habituales debería arrojar algún otro resultado. Adicionalmente, poseo algunas otras pistas útiles para el proceso de “descubrimiento” de este aeroplano: dicho accidente habría sido en o cerca de Antofagasta, y el piloto al mando era Luis Tapia Jiménez.

La siguiente referencia identificatoria a algún avión de este tipo por parte de la LAN, como veremos más adelante, corresponde al avión número 14, cabeza de una serie de seis aparatos construidos en Los Cerrillos, a los que me referiré luego. Es muy válido que nos preguntemos entonces acerca de la existencia de los eventuales aviones numerados 10, 11 y 13, si es que existieron. Lamentablemente, por ahora no tengo pistas concretas como para hacer un aporte en tal sentido –ni negando ni confirmando– y es un tema que queda pendiente.
(perfil, colaboración de Juan Carlos Velasco)
Mejoras nacionales:
¿La remotorización de los FC-2?

Remitámonos a Barriga nuevamente para abordar el siguiente punto: este autor sostiene que a contar de fines de 1933 se cambiaron los motores de 225 hp de los Fairchild FC-2 por otros WASP de 450 hp.

¿Cuántos y cuáles FC-2 de los adquiridos a contar de 1929 habrían recibido esos trabajos de remotorización? Lamentablemente, ni el trabajo anterior ni cualquier otro nos proporcionan señas acerca de tales cuestiones.

Queriendo dar algunas pistas respecto de los Fairchild que eventualmente habrían recibido la nueva motorización, aportemos por nuestra parte algunos datos que nos permiten aproximarnos indirectamente al punto, por la vía de determinar el estado de la flota hacia fines de 1933, dato aportado por Barriga como de inicio de estos trabajos. Hacia esa fecha, varios aviones ya registraban novedades o accidentes:

a) Como señalé más atrás, el FC-2 número 6 fue dado de baja rápidamente antes de fines de 1930;

b) El FC-2 número 4 resultó totalmente destruido y sus cuatro ocupantes muertos el 2 de abril de 1931 en el aeródromo San Ramón, de Chillán, mientras intentaba aterrizar para reabastecerse de combustible durante un vuelo Los Cerrillos-Puerto Montt. Viajaban en el avión el piloto Carlos Collao Carmona, y los pasajeros Fernando Valdivieso, Sidney Harris y Juan Riesco;

c) El avión número 8 resultó destruido en accidente de 13 de octubre de 1931, acaecido en la cancha de Antofagasta en vuelo procedente de Copiapó y comandado por el teniente René Zapata, quien al aterrizar perdió el control de la aeronave –presumiblemente debido al fuerte viento–, estrellándose duramente y resultando él y los tres pasajeros con lesiones graves . Sin perjuicio de que el motor resultó enteramente separado del fuselaje, ambas alas seriamente averiadas, y parte de la cabina y toda sección trasera y el tren de aterrizaje destruidos, un documento oficial fechado un mes después consigna a este aparato “en estado de reparación”; siendo realistas, el documento es demasiado reciente después del accidente, y lo más probable es que los restos hubieran llegado al taller de la LAN en Los Cerrillos sólo para salvar las piezas y partes aún útiles, o para los estudios periciales de rigor, y no necesariamente para rehabilitar un aparato de pasajeros y virtualmente destruido en su totalidad. Me inclino, entonces, por su baja definitiva a contar de este hecho.

d) El avión número 2 sufrió daños mayores el 3 de febrero de 1932 al ceder su tren de aterrizaje mientras tomaba la cancha de María Elena, en un vuelo Santiago-Arica, salvando sus tres ocupantes ilesos; piloteaba César Lavín. Los daños no parecen ser tan cuantiosos como para inferir su retirada del servicio;

e) El avión número 9 se destruyó totalmente el 24 de mayo de 1933 por choque y posterior incendio durante un aterrizaje forzoso con neblina sobre una ladera de la quebrada Espíritu Santo, mientras realizaba un vuelo Ovalle-Los Cerrillos. El piloto era Washington Silva Escobar, y los pasajeros Cornelio Saavedra, Eduardo Alessandri, Pablo Passalaqua, y Raúl Marín y señora, todos ellos ilesos. Este mismo avión y el mismo piloto habían tenido un accidente de menor cuantía el día anterior –23 de mayo de 1933– al aterrizar y semicapotar al lado de la línea férrea de la oficina Rosario, obligado a bajar de emergencia por rotura de la cañería de bencina que iba del carburador al marcador de presión; los daños leves fueron reparados el mismo día, aunque se dijo en su momento que no hubo relación de causa a efecto entre ambos hechos.

En este último caso, el del avión número 9 (foto a la derecha), como ya vimos adquirido a contar de mayo de 1931, al momento de destruirse éste operaba con un motor WASP, según da cuenta el acta de avaluación de daños de la época, destacándose además que este propulsor acumulaba un total de 741 h/v, y el avión 1.960 horas de vuelo.

f) Existen publicaciones nacionales de abril de 1932 que dan cuenta del completo proceso de mejoramiento a que fue sometido el avión número 5. En efecto, se sostiene que este aeroplano recibió profundos trabajos que significaron prácticamente su reconstrucción, incluyendo la fabricación en Chile de piezas para poner al día su original motor Wright J-5, incluyendo la instalación de un característico carenado anular (de fabricación nacional) similar a aquellos que lucirían posteriormente los aviones que –fabricados en Chile a contar de 1934– recibieron los más potentes motores WASP. Las fotos disponibles dan suficientes luces para aceptar, en principio, la versión de la prensa de esos días.

De acuerdo a lo anterior –entonces– a fines de 1933 sólo los originales Fairchild FC-2 números 1, 2, 3, 5, y 7 aparecen nominalmente como disponibles para un eventual proceso de remotorización, aunque también debo decir que desconozco que efectivamente alguno de ellos haya finalmente recibido dichos trabajos.

Sin embargo, me parece que una alternativa probable es que a fines de 1933 la empresa finalmente se decidió por mejorar las alternativas técnicas y comerciales que ofrecía la desfasada (y a todas vistas peligrosa) flota de FC-2 & Wright J-5, y hacer un esfuerzo local en torno a replicar las posibilidades que había puesto en evidencia la tenencia de dos años de duración del avión número 9 (como ya vimos dotado con motor WASP el doble de potente que la flota original) y pensar -entonces- en la fabricación local. Además, una baja generalizada del poder adquisitivo de nuestra moneda de la época habría impedido siquiera pensar en la posibilidad de importar nuevos aviones (amén de estar todavía sufriendo nuestro país los variados efectos derivados de la crisis monetaria mundial de 1929); más aún, técnica y comercialmente la alternativa de usar el WASP era interesante, pues aparte de los antecedentes relacionados con la experiencia del tipo FC-2W, el motor era similar a los propulsores que estaban ya en servicio en la LAN con los tres trimotores Ford arribados a contar de 1930. Los beneficios se presentaban obvios.

Finalmente, mi opinión es que los sobrevivientes FC-2 terminaron por desaparecer a contar de 1934 -luego de escasos cinco años de uso- debido a su historial de accidentes, lo inadecuado de sus capacidades, y porque en documentación de la época ellos no vuelven a aparecer como operativos (la Circular de la Dirección de Aeronáutica citada más atrás -el tema de la radio en los Potez y LAN- es uno de tales escritos).

Los aviones fabricados en Chile
Esto se inicia, según la literatura local , hacia 1934, oportunidad en la que se construyó el avión LAN 14, prototipo que la prensa de esos días atribuía al genio del ingeniero Charles Lucas, estadounidense contratado por la Subsecretaría de Aviación como técnico especialista en máquinas de aviación.Hay acuerdo en aceptar que el trabajo de Lucas en el LAN 14 significó buscar una serie de mejoras generales que permitieran sacar mejor partido comercial de la nueva potencia conseguida. Lo anterior significó que la apariencia externa de los aeroplanos cambiara en algunos aspectos (si bien, en general, las medidas fueron similares), lo mismo el cubicaje interior para acomodar más espacio. En lo sucesivo, otros cinco aviones serían construidos en Los Cerrillos, recibiendo las denominaciones LAN 15, LAN 16, LAN 17, LAN 18 y LAN 19.

En qué medida se utilizaron partes y piezas de los originales FC-2 sobrevivientes hacia inicios de 1934 para poner en la línea de vuelo a estos nuevos aparatos de la LAN, es una pregunta también válida. Nuevamente, de la sola observación y comparación de las imágenes salta a la vista que varias características físicas de ambas clases de aeronaves eran distintas, si bien conservaban un inicial y comprensible parecido, principalmente en los aviones LAN 14 a LAN 17. Además, en esto debemos considerar tres cuestiones de importancia:
a) La fabricación de los aparatos LAN se extendió entre 1934 y los inicios muy tempranos de 1936. Según da cuenta una publicación de la época , ya a 1934 se encontraban en vuelo los aviones LAN 14, LAN 15 y a punto el LAN 16. Antes de abril de 1936 ya se encontraban operativos los tres restantes (ver Certificado de Navegabilidad del LAN 18 y fecha de accidente del LAN 19);

b) La revisión de la evidencia fotográfica disponible es pródiga en mostrarnos los aviones LAN 14, LAN 17 y LAN 18: todos ellos aparecen con características únicas a cada aparato, y es probable que los otros tres aviones tuvieran también sus propias señas particulares, derivadas de la experiencia obtenida por su uso, y por la existencia de los diversos materiales requeridos para su construcción;

c) Para tener claridad acerca de la denominación real de estos aviones chilenos (más allá del “Tipo LAN”, "Tipo Fairchild", o “LAN”, que son habituales), sería necesario tener copia de cada uno de los Certificados de Navegabilidad de los seis aeroplanos, algo que parece muy improbable de lograr. Sin embargo, mi hallazgo de ese documento respecto del LAN 18 me hace afirmar que –por lo menos en este caso– para su individualización original no se consideró oficialmente ni nombre de fabricante, ni designación de modelo, ni número de serie o de constructor: sólo “LAN 18”. Cualquier explicación o referencia a alguna eventual similitud con los productos o ideas originales de Mr. Sherman Fairchild y sus ingenieros, no fue considerada por la LAN o siquiera requerida por la Dirección de Aeronáutica en el proceso de certificación.
Aceptando que los aviones LAN eran similares entre sí, más no idénticos, es que vuelvo ahora a los antecedentes específicos de nuestros restos de Pampa Chiza, el LAN 18. Transcribo los números consignados en el Certificado de Navegabilidad, los que sin duda servirán para establecer los correspondientes paralelos con las versiones del fabricante, análisis que dejo a los técnicos especialistas:

El avión LAN 18, según documento de abril de 1936
Envergadura: 13,40 metros
Longitud: 9,55 metros
Altura: 2,70 metros
Pasaje: 5 plazas, incluyendo piloto
Motor: P&W WASP C, de 420 hp a 2.000 RPM
Hélice: Hamilton, de paso ajustable
Carga máx. permisible: 2.105 Kg
Peso vacío: 1.380 Kg, incluyendo agua
Peso de estanques full combustible y aceite: 280 Kg

El destino de la flota
La historia de los Fairchild FC-2, FC-2W y originales LAN en Chile sin duda que puede ser ilustrada con otros varios aspectos, principalmente operativos (por ejemplo, su participación en la respuesta armada de la FAN a la sublevada marinería embarcada en nuestros navíos de guerra, en septiembre de 1931). Además, en la propia obra ya citada de Ramón Vergara Montero es posible hallar una serie de comentarios y opiniones relacionadas con la elección de este avión para el servicio comercial chileno, vertidas en el marco de las querellas personales que ambos jefes sostuvieron por largo tiempo y que ya son legendarias.

Por lo pronto, y antes de las conclusiones, me gustaría terminar dando algunas pistas respecto del destino final de los aviones construidos en la LAN y de uno de los más curiosos –como ya mencioné antes– el LAN 12. De lo que viene, aquellos que tienen menos datos corresponden a eventos aún bajo investigación y sobre los cuales tengo datos preliminares (generalmente, documentos oficiales institucionales).

a) El 21 de julio de 1934 resultó indeterminadamente dañado en la zona norte del país el LAN 12, mientras iba tripulado a cargo del teniente Luis Tapia Jiménez;

b) En fecha indeterminada de 1935 se habría accidentado con daños el LAN 15, probablemente tripulado por el teniente Fernando Rojas Ortega;

c) El 14 de marzo de 1936 se destruyó totalmente por choque e incendio el LAN 19 mientras hacía un vuelo Ovalle-Santiago. A poco de haber despegado de Ovalle, decidió regresar a buscar el saco de la correspondencia que había quedado olvidado, pero pierde altura desde unos 50 metros y se estrella en la Quebrada del Ingenio, en las inmediaciones de la mina La Cocinera, al sur del aeródromo. Mueren el piloto Mario Meneses Rocco y todos los pasajeros (Rolando Zepeda, Digna Pefaur Ojeda, Atalívar Cortés y Elba Cortés de Aguilera);

d) El 3 de marzo de 1938 resulta totalmente destruido el LAN 17. Este avión se encontraba dentro del hangar B de Portezuelo en mantenimiento cuando el mecánico preparaba una lámpara de soplete para trabajar en unos cables del motor. En un momento de descuido, estalló la lámpara y se desparramó su combustible sobre el avión, comenzando un incendio. El mal estado del los extinguidores hizo que rápidamente decidieran empujar el aeroplano fuera del hangar, donde terminó de consumirse.

e) El 27 de julio de 1938 aterriza en Portezuelo el LAN 14, mientras hacía un vuelo Arica–Antofagasta. Luego de correr unos 200 metros, el avión tomó impulso debido a la ondulación del terreno, el viento lo ronzó a la izquierda y entró en carrusel. El aeroplano terminó seriamente dañado, con destrucción del tren y ala derechos, hélice doblada, cazoletas y montantes traseros inservibles, fuselaje doblado, y los vidrios de la cabina quebrados, entre otras averías. Iba comandado por Luis Carmona Lopehandía y llevaba cuatro pasajeros, todos los cuales salieron ilesos.

Finalmente, para una ulterior investigación, menciono aquí que un par de trabajos extranjeros consignan las siguientes fechas como ocasiones en las que aviones Fairchild de la LAN resultaron accidentados, pero no mencionan fuentes ni mayores datos: 27 de febrero de 1932 y 9 de marzo de 1939 .

Resumen flota Fairchild y derivados chilenos
1 FC-2 Destino desconocido;

2 FC-2 Accidentado el 3 de febrero de 1932, en Oficina María Elena; destino desconocido;

3 FC-2 Destino desconocido;

4 FC-2 Destruido el 2 de abril de 1931 en San Ramón, Chillán;

5 FC-2 Destino desconocido;

6 FC-2 Fuera de inventarios activos antes de fines de 1930;

7 FC-2 Destino desconocido;

8 FC-2 Destruido en accidente de 13 de octubre de 1931, en Portezuelo;

9 FC-2W Adquirido a contar de mayo de 1931; accidentado en Oficina Rosario el 23 de mayo de 1933; destruido el 24 de mayo de 1933, Quebrada Espíritu Santo;

12 ¿--? Origen y naturaleza desconocidas; accidentado el 21 de julio de 1934 cerca de Antofagasta; destino desconocido;

14 LAN Construido en Chile en el período 1934-36; accidentado en Portezuelo el 27 de julio de 1938;

15 LAN Construido en Chile en el período 1934-36, accidentado en fecha indeterminada de 1935;

16 LAN Construido en Chile en el período 1934-36; destino desconocido;

17 LAN Construido en Chile en el período 1934-36; destruido por incendio el 3 de marzo de 1938;

18 LAN Construido en Chile en el período 1934-36; accidentado en Portezuelo el 12 de octubre de 1937; accidentado y abandonado en Pampa Chiza el 24 de febrero de 1939;

19 LAN Construido en Chile en el período 1934-36; destruido en Ovalle el 14 de marzo de 1936.

Algunas conclusiones
1) El avión cuyos restos han sido recientemente rescatados desde el lugar de su accidente en febrero de 1939 en Pampa Chiza corresponde indubitablemente al aparato LAN 18;

2) Existen claras evidencias fotográficas y documentales en el sentido de que la compra de los aviones Fairchild FC-2 adquiridos por la FAN para el servicio de pasajeros de la Posta Aérea Santiago-Arica a contar de 1929 fue por ocho aviones (aviones números 1 a 8); que en 1931 se adquirió de ocasión y en el país otro avión, probablemente de una original versión FC-2W o derivado (número 9); que en 1934 se accidentó un avión conocido como Fairchild número 12 de la LAN; y que a contar de 1934 comenzó en Los Cerrillos un proceso de fabricación de seis aviones distintos numerados LAN 14 a LAN 19;

3) Si bien en 1933 se habría iniciado en el taller de la Línea Aérea Nacional un proceso de remotorización de los sobrevivientes a esa fecha de los originales aviones 1 a 8, la literatura nacional e internacional publicada no especifica el número ni identidades de los aeroplanos FC-2 que habrían recibido dichos trabajos;

4) La importancia del rescate de los restos mencionados ha sido equivocadamente dimensionada. En efecto, lejos de corresponder dichos despojos a “uno de los tres Fairchild existentes en el mundo”, como ha sido mencionado ampliamente en la prensa, corresponden en realidad al único sobreviviente del tipo de avión LAN fabricado en distintas variantes en Chile a contar de 1934. En este sentido, su restauración se hace más imperiosa aún.

5) La adecuada consideración de los aviones LAN 14 a LAN 19 es necesaria para cualquier trabajo de investigación que aborde generalmente los distintos ejemplos de construcción aeronáutica nacional chilena. [I.S.].

Agradecimientos
Al amigo y colega Juan Carlos Velasco, artista e investigador aeronáutico santiaguino, funcionario de LAN, por su apoyo en la elaboración de este artículo, y por sus acertados y oportunos comentarios técnicos en orden a aclarar algunas cuestiones de importancia para el análisis fotográfico de las evidencias recabadas. Su aporte de técnico y piloto civil es invaluable en al ámbito gráfico y en consideraciones aeronáuticas en general, además de entregar la certeza de compartir el espíritu y entusiasmo que anima a mis investigaciones.

Al amigo y colega Rino Poletti, investigador aeronáutico y gran conocedor de la aviación chilena, quien tuvo a bien facilitarme interesante material gráfico de su archivo personal, el que es pormenorizadamente identificado.

A los amigos y colegas investigadores John Davis (EE.UU.) y Carlos Abella (Argentina), quienes me hicieron llegar vía e-mail comentarios relativos al “estado del arte” del tema Fairchild & Chile en los especializados foros de Inglaterra.

Fuentes de la investigación
1. Sumario N° 1/39, 1er. Juzgado y Fiscalía Aeronáutica de Iquique.
2. Sumario N° 9/37, 1er. Juzgado y Fiscalía Aeronáutica de Iquique.
3. Sumario 2/38, 1er. Juzgado de Aeronáutica de Iquique.
4. Sumario 5/38, 1er. Juzgado de Aeronáutica de Iquique.
5. Investigación Sumaria Administrativa DGAC, accidente de 24/V/1933.
6. Investigación Sumaria Administrativa DGAC, accidente de 3/II/1932
7. Diario El Mercurio, 30/V/2007.
8. Diario La Discusión, Chillán, de 4/IV/1931.
9. Diario El Mercurio de 15/X/1931.
10. Diario El Mercurio, 15/III/1936.
11. Revista Chile Aéreo N° 23, III/1931.
12. Revista Chile Aéreo N° 61, de 1934.
13. Revista Zig-Zag de 9/IV/1932.
14. Revista El Nuevo Chopazo, de 5/IV/1932.
15. Circular Sección IIa. N° 2409/73, 1/VII/1937. Dirección de Aeronáutica.
16. Subs. de Aviación, Circular Secreta Secc. I N° 364 Conf. N° 303, 24/X/1930.
17. DS de Aviación N° 1890, 12/VI/1929.
18. Circ. Sec. Secc. I N° 364 Conf. N° 303, 24/X/1930; Circ. Reservada Secc. Ia. N° 102/396, de 03/VII/1931; Memorando Secc. Ia. N° 290/759, 28/XI/1931 (Subs. Av.)
19. FAN. Dirección de Servicio Administrativo, 7/XI/1934, citando al Decreto-Reservado N° 150, de 22/V/1931. “Relación de las sumas invertidas en material destinado a la Línea Aérea Nacional en las fechas que se indican (1930-1934)”.
20. Memorando Secc. Ayudantía N° 101, Comando en Jefe de la FAN, 28/XI/1934.
21. Memorando Secc. Ia. N° 290/759, 28/XI/1931, Subsecretaria de Aviación
22. Carta del Jefe de la Posta Aérea de Santiago a la Dirección LAN, 6/VI/1933, con antecedentes del Fairchild 9, luego de su accidente. En ISA/DGAC.
23. Orden Confidencial N° 157 de 23/IX/1935.
24. Memorando N° 79 de la Sección de Ayudantía del Comando en Jefe de la Fuerza Aérea; Dirección de Aeronáutica, de 17/IX/1935.
25. Oficio Min. Guerra de 28/III/1929. Copia de los Conocimientos de Embarque del vapor Aconcagua, fechados en New York, 4/III/1929.
26. VERGARA Montero, Ramón. Por Rutas Extraviadas (1933). Imprenta Universitaria, Santiago.

Libros citados
1. BARRIGA, Sergio. Historia de LAN-CHILE, Vol. 1. (1983). Sin editor, Santiago.
2. FERNÁNDEZ, Alberto. Ese singular sentido de proteger al vuelo, Vol. I (2000). Dirección General de Aeronáutica Civil, Santiago.
3. VILLALOBOS, Edgardo. Historia de la Fuerza Aérea de Chile, Vol. I y Vol. II (1999-2001). Fuerza Aérea de Chile, Santiago.
4. DAVIES, Ronald. Airlines of Latin America since 1919 (1984). Smithsonian Institution Press, Washington DC.
5. MITCHELL, Ken. Fairchild Aircraft, 1926-1987 (1997). Narkiewicz/Thompson. USA
6. BURNETT, Ian (editor). Civil Aircraft Registers of Chile (1985). Air Britain Publications, Tonbridge (UK).

Artículos de revistas citados
1. BARRIGA, Sergio. Historia de LAN CHILE. Revista FACh, N° 160, X/1982.
2. FLORES, Enrique. Historia Aeronáutica de Chile. Revista FACh, N° 154, 1980.
3. FLORES, Enrique. Historia Aeronáutica de Chile. Revista FACh N° 156, 1981.