05 septiembre 2005

Hemos publicado, VI


Interesante compilado
desde los EE.UU.

Recientemente apareció publicado en los EE.UU. el volumen V de la A-37 Association, titulado "The Dragonfly, a collection of memories of the A-37 aircraft and personnel involved with it...". En este trabajo viene mi artículo "A walk in the clouds", que trata acerca de uno de los despliegues de los Dragonfly del Grupo 12 de la FACh a una de las tradicionales paradas militares en Santiago en el mes de la patria. 6 páginas. Clickeando aquí es posible leer una versión en español de dicho artículo.

08 agosto 2005

Hemos publicado, V

Academia de Guerra Aérea
FACh


En la revista MINERVA N° 56, órgano oficial de difusión de la Academia de Guerra Aérea de la FACh, en su reciente número de julio pasado publiqué un extenso artículo referido al empleo del poder aéreo en el conflicto del Cenepa, ocurrido en 1995 entre Ecuador y Perú. Luego de diez años de transcurridos los hechos, el análisis efectuado en estas notas permite ordenar y tener un vistazo pormenorizado de los principales hechos ocurridos en la batalla aérea que tuvo lugar en la cordillera del Cóndor, con una serie de conclusiones bastante decidoras. Cordillera del Cóndor 1995, Guerra Aérea en el Cenepa. 37 páginas y varios cuadros explicativos.

Hemos publicado, IV


Directorio de aviación militar latinoamericana

En el número especial anual de julio corriente de la revista brasileña FLAP INTERNACIONAL -dedicado a analizar las aviaciones uniformadas de Latinoamérica- publiqué un completo informe sobre la aviación militar y policial chilena. Incluye temas de la FACh, Aviación Naval, Aviación del Ejército, y reparticiones de Carabineros e Investigaciones. 7 páginas y varias fotos a todo color.

22 julio 2005

Hemos publicado, III


En la edición de mayo-junio de Lecturas Selectas, medio de difusión editado por la Academia de Guerra Aérea de la FACh, publiqué un ensayo acerca del aniversario del bombardeo nuclear contra Japón,con descripción del proceso de bombardeo estratégico llevado a cabo en contra de esa nación a contar de 1944. 10 páginas.

20 julio 2005

Hemos publicado, II

Biografía de un piloto notable

En el Boletín N° 4 del MNAE publiqué un artículo sobre la historia del aviador chileno Jacques Lagas, que de servir en compañías civiles locales se fue a Cuba a fines de los años '50, a volar y fungir como instructor con la Fuerza Aérea Revolucionaria. Alcanzó notoriedad enfrentando a la invasión que la CIA intentó en Bahía Cochinos, y por cuyas acciones a bordo de un B-26 cubano obtuvo el galardón de Héroe de Playa Girón. 13 páginas, múltiples fotos inéditas y los perfiles color del artista chileno Juan Carlos Velasco.

Perfil del Curtiss C-46 Commando en que Lagas perdió la vida en accidente de 25 de mayo de 1971 (dibujo de JCV)

19 julio 2005

Hemos publicado...

Detallada investigación

En el reciente Boletín N° 4 del Museo Aeronáutico apareció publicado un completo artículo de mi autoría acerca del avión SVA 10 llamado Capitán Pastene, en uso por nuestra aviación militar entre 1922 y 1924. Es una detallada crónica acerca de la fallida introducción al servicio de este notable aparato, y está basado en una serie de documentos inéditos que permitieron rastrear la pista de este aeroplano desde su llegada al país hasta su destrucción en un accidente en las costas de la V región, cerca de Valparaíso. Incluye temas relacionados con nuestra aviación militar de la época. 17 páginas y dibujo principal del avión del artista aeronáutico Juan Carlos Velasco.

Una de las escasas imágenes del SVA 10 Capitán Pastene

13 julio 2005

Nuevo libro del Museo Aeronáutico

Boletín del Museo Aeronáutico

Hoy día 13 de julio, en la ceremonia de celebración de los 61 años del Museo Nacional Aeronáutico y del Espacio, fue lanzado el Boletín N° 4, un serio esfuerzo en el camino de ofrecer a los interesados en estos temas una publicación profesional y bien documentada. El trabajo consta de 88 páginas que no tienen desperdicio, a todo color, en couché, y en un formato bastante cómodo. La parte gráfica -perfiles, diseños y dibujos- estuvo a cargo de destacados artistas aeronáuticos de Santiago.

Dentro de los artículos que trae se cuentan (de mi autoría) una biografía de Jacques Lagas, piloto chileno que en los '60 combatió del lado de la Fuerza Aérea Revolucionaria de Cuba y que alcanzó el estatus de héroe de Playa Girón por sus acciones durante la invasión por Bahía Cochinos; y una crónica acerca del avión SVA 10 Capitán Pastene, que sirviera en nuestra aviación militar entre 1922 y 1924.

Además, trae una síntesis del avión Catalina al servicio de la FACh; descripciones de los aparatos Cessna 190/195, Vultee BT-13, Beechcraft C-45, Douglas DC-3, Grumman HU-16B y MBB BO-105, todos ellos de la colección exhibida por el museo, más otros escritos relacionados con actividades y servicios propios del MNAE.

22 junio 2005

Siguen los accidentes en el sur

Otros dos accidentes se registraron recientemente en las rutas del sur de Chile. Luego de que el 16 de mayo cayera en la frontera argentina el Queen Air CC-CFS de la línea Transportes Aéreos Don Carlos con un saldo de diez muertos, otro avión de la misma empresa, esta vez el Cessna 402B CC-CCB (c/n 402B1089) experimentó problemas al intentar despegar desde el aeródromo de Balmaceda mientras iniciaba viaje a Chile Chico, yendo a caer en el mismo sector de la pista y resultando con serios daños, no habiendo víctimas fatales entre los nueve ocupantes.

Continuando con la serie, el monomotor Cessna 206 CC-CHL de la taxista Aerogala Ltda. se extravió mientras hacía la ruta entre Puerto Montt y Chaitén; en este caso, el aparato había despegado a las 16:23 horas del 21 de junio desde Puerto Montt, y debía llegar una hora después al aeródromo de Chaitén. Al no arribar a destino se activaron las operaciones SAR, las que se extendieron por varias horas. El avión fue encontrado el 22 siguiente a 120 Km de Puerto Montt y a 24 de la localidad de Ayacara, estrellado en un sector llamado Cerros de Comau, a unos 60 Km al norte de su destino. Tres de los ocupantes -entre ellos el dueño de la empresa- resultaron muertos, y un cuarto con heridas de gravedad.

Para una visión más detallada, los remito a mi artículo relativo a los accidentes en el sur de Chile.

20 junio 2005

Avance de publicación

Museo Aeronáutico

En julio del año pasado, el Museo Aeronáutico (MNAE) hizo un notable esfuerzo y publicó con ocasión de su 60° aniversario su Boletín N° 3 (en la foto). Muchos años atrás había logrado hacer dos publicaciones parecidas tratando asuntos principalmente domésticos, pero carentes todavía de una visión orgánica y consolidada del mensaje que el MNAE -por ahora, la institución mejor posicionada para convertirse en el principal referente cultural aeronáutico nacional, a mi juicio- debía dar a la comunidad local. Razones, muchas, pero cuya discusión estaría fuera de lugar aquí.

El presente año, sin embargo, el esfuerzo editorial se renueva con la perspectiva de convertirlo en algo habitual, lo que -bien mirado- no es poca cosa en nuestro país donde las publicaciones sobre aviación campean por lo escasas o simplemente por la pobreza de sus contenidos... Así es que sirvan estas palabras como una sinópsis y aviso de que a contar de la segunda quincena de julio siguiente estará circulando el Boletín N° 4 del MNAE, con nuevo formato y una mayor variedad de temas y colaboradores, en la búsqueda de una identidad propia y de ser una legítima alternativa en materia de publicaciones sobre aviación chilena.

30 mayo 2005

Accidente del 16 de mayo de 2005

Siguen los desastres aéreos

La foto muestra al bimotor Bechcraft 65-A80 CC-CFS (c/n LD-220), estrellado recientemente en la frontera chileno-argentina, con un saldo de diez muertos. Haciendo click en el título de esta nota, vea nuestro artículo relacionado Accidentes Aéreos en el Sur de Chile, Una hermosa Ruta Infernal, con un recuento de algunas de las más importantes catástrofes de aviación ocurridas en esa zona.

23 mayo 2005

Accidentes aéreos en el sur de Chile

Una Hermosa Ruta Infernal
Esa frase –que pudiera parecer contradictoria a primera vista– me la dijo un antiguo y experimentado piloto que lucía sus tradicionales Ray-Ban y una ajada chaqueta de cuero generosa en parches de unidades militares del mundo, mientras montábamos en un descascarado bimotor saliendo de Balmaceda en dirección a Puerto Montt. El hombre hablaba con conocimiento de causa: ciertamente lo que veíamos abajo era paradisíaco, pero peligroso en potencia. Con un clima habitualmente malo y –mucho peor que eso– rápidamente cambiante, no hay plan de vuelo que resista ante los caprichos de una naturaleza a la que la seguridad aérea le importa un soberano comino.

Y lamentablemente muchos compatriotas lo han averiguado en carne propia, con no siempre felices resultados, pues tras la historia pormenorizada de cada uno de los accidentes aéreos que han ocurrido en nuestro país suele existir un profundo y las más de las veces interminable drama para víctimas, familiares y, por qué no decirlo, instituciones relacionadas con la aviación.

Si bien el hecho de determinar y establecer las causas detrás de los accidentes de nuestra aviación civil corresponde sólo a la voz autorizada de la Dirección General de Aeronáutica, bien podemos nosotros dar un vistazo de carácter histórico a algunos de los más impactantes de ellos ocurridos en el sur de nuestro Chile, aunque sea sólo a nivel de recuento y sin más ánimo que recordar a quienes dieron sus vidas en vuelos que nunca llegaron a su destino o que terminaron de mala forma, y en ningún caso para sistematizar u homologar los motivos técnicos y humanos que estuvieron detrás de cada uno de estos luctuosos hechos.

Si bien en Chile el primer vuelo de un avión se produjo el 21 de agosto de 1910 en un entonces terreno agrícola de Santiago (en el cual hoy abundan los edificios de departamentos y sólo un monolito recuerda la hazaña), que esas ingeniosas máquinas voladoras y sus intrépidos pilotos se aventuraran un poco más al sur o más al norte del país fue un lento proceso que gran parte de las veces costó sangre, sudor y lágrimas. A la carencia de aviones lo suficientemente poderosos o siquiera confiables con los cuales emprender esos arriesgados periplos, definitivamente uno de los factores más serios a considerar por los planificadores de entonces –aparte de la inexistencia de vías conocidas, pistas aptas, ayudas a la navegación y pilotos experimentados– lo constituyó la meteorología, ya dura e inhóspita para la vida, peor para aventuras aladas cuyo destino era incierto. Y en eso radicó gran parte del valor de los pioneros locales, civiles y militares.

En lo que se refiere en la exploración aérea hacia el sur chileno, los esfuerzos del mando militar de la época por abrir una vía aérea –primero hasta Aysén y luego hasta Punta Arenas– dieron frutos concretos hacia 1929, cuando en Puerto Montt se creó la Escuadrilla de Anfibios N° 1 (actual Grupo de Aviación N° 5) dotada de aparatos Vickers Vedette encargados de las exploraciones locales de rigor. Poco después se inauguró el servicio aéreo entre la capital y Puerto Montt utilizándose trimotores Junkers R.42, también militares. Las primeras víctimas fatales de estas misiones resultaron ser los aviadores Aníbal Vidal Silva y Alfredo Román Garay, muertos cuando el Vedette N° 5 de la Línea Experimental a Aysén que tripulaban fue virtualmente lanzado al mar cuando vientos huracanados lo bajaron desde unos 500 metros de altura mientras se encontraba cerca de la isla Santa Elena; el avión se hundió a la salida del estuario Aysén, zona permanentemente barrida por temporales y cubierta por bancos de neblina. Este penoso hecho ocurrió el 23 de enero de 1930.

Tres días después, el creador de la Fuerza Aérea Nacional, comandante Arturo Merino Benítez, se arriesgaría bastante en un vuelo desde Puerto Montt hasta Punta Arenas en el Junkers R.42 matrícula J6, en un viaje muy circunstanciado debido precisamente a las pésimas condiciones climáticas, y que terminaría con el avión hundido en aguas del Estrecho de Magallanes el 7 de febrero de ese mismo año, luego de haber llegado exitosamente al muelle de Punta Arenas, el que desde entonces sería conocido como “el accidente de Agua Fresca”. En el mismo sentido, el 2 de junio de 1937 el Sikorsky S-43 N° 2 llamado Chiloé, de la Línea Experimental Puerto Montt-Magallanes (de la FACh), zozobraría en Hualaihue, cerca de Ancud, víctima de un temporal insoportable, causando la muerte de los cuatro aviadores militares tripulantes. Este fue el primer accidente de un avión de pasajeros en la ruta austral.

Todos coinciden: no es cosa fácil
Para los efectos de estas notas, puede decirse simplistamente que “el sur” lo forma todo aquello que está entre la ciudad de Puerto Montt –la última urbe de importancia que es posible encontrar en el continente por el lado chileno– y el Cabo de Hornos: entre ambos puntos, una magnífica infinidad de islas, glaciares, fiordos, canales y toda clase de accidentes geográficos, cuyo conjunto hace pensar que fue cierto aquello de que cuando Dios terminó de ensamblar el mundo, sin saber qué hacer con todas aquellas piezas del puzzle que le habían sobrado, optó por arrojarlas a un rincón, a lo que es justamente la zona que mencionamos. En todo caso, este Supremo Acto Dispositivo fue en realidad una bendición, pues los parajes de nuestras tierras meridionales bien pueden catalogarse dentro de los sitios naturales más bellos del mundo, plenos de bosques milenarios, reserva mundial de agua dulce gracias a sus inmensos glaciares y cursos del vital elemento, y verdadero paraíso de la pesca con mosca y otro importante número de actividades recreativas, turísticas y deportivas. Para qué hablar de las amplias posibilidades de aprovechamiento energético.

Pero tanta belleza no es gratis: vientos de hasta 120 Km/h o más, tormentas de nieve, frecuente visibilidad cero, lluvias interminables, nieblas y neblinas, tupidos bosques, profundas quebradas, y numerosos cerros que tienen la mala costumbre de esconderse dentro de las nubes, se cuentan entre algunas de las gracias con que la naturaleza dotó a estos parajes. Y la mezcla de eso con la aviación suele resultar en un cóctel muy explosivo. Así, los accidentes que han ido tiñendo de rojo esta zona se cuentan por decenas. Obviamente muchos de ellos no han tenido por causa inmediata al clima, sino que a simples fallas mecánicas o humanas (desde descuidos hasta francas irresponsabilidades), o simplemente al azar. Todos esos acontecimientos están debidamente documentados. Pero muchos también se han debido a las malas jugadas causadas por el clima, ya como factor principal o como coadyuvante de cualquiera de los anteriores.

Y precisemos que la pésima meteorología no es una exclusividad de Puerto Montt hacia el sur, sino que sus efectos generalmente se dejan sentir en forma habitual desde bastante más al norte, donde terribles accidentes se han debido principalmente al reto insuperable que en su momento significó un frente que fue demasiado duro, o que se dejó caer demasiado rápido, o que se extendió por una zona o durante un lapso inconvenientemente extensos. Pero es en el amplio sur donde la cosa se pone realmente difícil para la navegación, a diferencia de los límpidos cielos del norte (zona geográfica que, sin embargo, también tiene su historia que contar). Si bien esta no es la oportunidad ni el lugar para hacer un relato pormenorizado de todos ellos (un tarea difícil, pero en ningún caso imposible), sí resulta propicia la ocasión para recordar algunos de los acontecimientos más notables, conocidos o no, en los cuales la naturaleza ha impuesto sus fuerzas contra los desprevenidos mortales, ya como factor directo o como simple coadyuvante de otras causas más complejas.

El 16 de junio de 1963 se extravió
entre Puerto Montt y Balmaceda el transporte bimotor Douglas C-47 número 953 de la FACh. Sus restos fueron encontrados al día siguiente por aviones de la institución que salieron a buscarlo, estrellado a 20 km al norte de la isla Cinco Hermanas. Hubo 19 muertos y un herido grave.

Sin embar
go, el que se lleva las palmas en relación a la cantidad de víctimas fatales es el acontecido el 8 de abril de 1968 al Douglas DC-3 CC-CBM de la recordada LADECO, vetusto avión que vio como su ala izquierda se le desprendía por efecto de las fuertes vibraciones que producían las tremendas corrientes orográficas que azotaban la zona en aquel momento, yendo a estrellarse en la zona del monte Emperador Guillermo, al norte de Coyhaique, con 36 muertos. Fallas técnicas se habían registrado en el avión poco antes, pero el zamarreo propio del vuelo terminó por sellar su destino.

En 1977 otro duro accidente conmocionó a Puerto Montt y al resto de país, cuando el día 24 de julio el transporte Douglas DC-6B número 989 de la FACh que hacía un vuelo de régimen entre Punta Arenas y Santiago se estrelló a unas tres millas al este de El Tepual, en una zona de pantanos llamada San Antonio, desintegrándose e incendiándose al tocar tierra a las 19.00 horas, falleciendo 38 del total de 82 personas a bordo. El cuatrimotor hacía un descenso instrumental en Puerto Montt, mientras caía una intensa lluvia.

Sólo en relación al número de víctimas fatales, le sigue en el conteo la triste experiencia vivida por los pasajeros y tripulantes de un transporte CASA 212-300 del Ejército de Chile, avión que se extravió cerca de Chaitén el domingo 6 de agosto de 2000. El moderno bimotor, número de orden 230, había despegado desde la base militar en Rancagua en un viaje hacia Coyhaique trasladando civiles mayormente parientes de oficiales de esa fuerza armada; luego de dejar atrás Puerto Montt, el piloto reportó excesiva acumulación de hielo en los bordes de ataque de las alas y emprendió regreso hacia el continente, adentrándose hacia el frío interior cordillerano, donde su problema se agravó, y terminando estrellado en una profunda quebrada; sólo después de varios días de dramática y concurrida búsqueda los restos mortales de 14 personas fueron penosamente recuperados.

El 4 de julio de 1962, un poderoso viento arrachado sacó de la pista al Douglas DC-3 CC-CLDH 202 de la LAN que aterrizaba en Chaitén procedente de Castro, haciéndolo entrar en un carrusel interminable que dejó al avión estrellado de nariz contra un montículo, semicapotado, con múltiples daños y 15 ocupantes definitivamente asustados. Poco después, el 16 de septiembre de 1963, el Beechcraft A35 CC-SZD del Club Aéreo Universitario de Concepción terminaría totalmente destruido y con sus cuatro ocupantes muertos cuando, cerca del sector de Tubildad, el techo extremadamente bajo lo hizo descender más de la cuenta, para enfrentarlo directamente contra un cerro, cayendo en pérdida luego de una montada que duró más de lo debido y que no alcanzó a sacarlos en la vertical.

No menos importante, el 26 de mayo de 1969 marcó el comienzo del desastre para la historia de la novel aviación de la Policía de Investigaciones de Chile, cuando durante un vuelo institucional desde Puerto Montt a Santiago, el pésimo clima y la imposibilidad de ascender buscando mejores aires, hicieron que el aparato –un Piper PA-23-250 Aztec matriculado CC-ETA, el segundo aparato adquirido por la policía civil para sus servicios propios– se estrellara de frente contra un cerro en la zona de Sierra Nevada, muriendo el entonces jefe máximo de dicha policía –Emilio Oelckers– y otros cuatro connotados ocupantes. Sólo los deshielos de verano permitieron acceder a los restos meses después, gracias al descubrimiento de unos trabajadores temporeros. Este fue el comienzo de una notable serie de desastres para la aviación de dicha institución, antes de su refundación a mediados de los años ’70.

El 27 de noviembre de 1968, seis compatriotas encontraron la muerte luego de que el bimotor Cessna 337A matrícula CC-PDN en que se trasladaban para hacer observaciones y mediciones para la construcción de caminos en Puerto Aysén, se estrellara en el cañadón sur de Sotomó, en la desembocadura del río Puelo, entre El Tepual y Lago Verde. El avión –que era operado por el Club Aéreo de Castro y que había salido desde El Tepual a las 19.30 horas– resultó completamente destruido, siendo las fuertes turbulencias de un estrecho pasaje y la imposibilidad de salir del encajonamiento la causa del accidente.

El deshielo, otro fenómeno muy frecuente que suele afectar principalmente a las canchas de tierra, fue la causa de que el de Havilland DH-104 Dove matrícula CC-CAF de la LAN (conocido como el LAN 0318) se enterrara de nariz en la pista –de lodo a esas alturas– de Futaleufú el 11 de agosto de 1953, aunque afortunadamente no hubo víctimas que lamentar. Tres muertos se registraron el 11 de junio de 1966 cuando el Piper PA-28-140 Cherokee matrícula CC-MNA del Club Aéreo de Aysén que volaba con el pasavante vencido, pero autorizado para ayudar a las víctimas de una catástrofe climática en la zona, se estrelló contra un cañadón en Aysén. El 5 de abril de 1967 el Beechcraft 65 CC-ECA del Ministerio del Interior (asignado a la Intendencia de Aysén) se vio obligado a bajar en una rudimentaria pista a medio terminar debido al mal tiempo reinante en la zona de Cochrane; daños varios y los pasajeros ligeramente heridos (cuatro profesionales que supervisaban la construcción de canchas de aterrizaje).

Vientos arrachados superiores a los 30 nudos acabaron en tierra con el Curtiss C-46A matrícula CC-COA de la recordada empresa unipersonal Transportes Aéreos Squella el 13 de junio de 1968, avión que tuvo serios problemas para aterrizar en la cancha de Coyhaique, aunque no hubo muertos esta vez (a pesar de que el avión tenía por nombre El Pan de Dios, no tuvo mucha ayuda divina en este trance); Carlos León de la Barra hacía de piloto en esta oportunidad. Este mismo avión resultaría totalmente destruido y con sus tres ocupantes muertos cuando el 17 de diciembre de 1973, mientras hacía un vuelo visual de carga entre Chabunco y El Tepual por cuenta de la empresa Transportes Aéreos Suravia, se estrelló contra el cerro La Paloma, a unas 16 millas al sur de Coyhaique, por una serie de fallas mecánicas. En el mismo sentido, el recordado Óscar Squella Avendaño encontró la muerte el 31 de julio de 1981 a bordo del C-46D registrado CC-CAT a poco de despegar desde Cochrane en un vuelo de carga de la empresa LATISA, junto a otros tres ocupantes; agreguemos que este fue el último vuelo en Chile de un vetusto carguero del tipo señalado.

Varias de nuestras aerolíneas –tanto aquellas más grandes como las dedicadas a servicio de taxi aéreo– tienen también en sus historiales de accidentes algunos hechos en los que el duro clima concurrió como un factor relacionado. Así, el 27 de mayo de 1951, mientras se desarrollaba un vuelo regular entre Punta Arenas y Puerto Natales por cuenta de la Línea Aérea Nacional, el Lockheed 10A Electra matrícula CC-CLI 0007 resultó severamente dañado debido a un aterrizaje en la cancha congelada de Puerto Natales, ciudad que había experimentado un invierno particularmente duro ese año; las 12 personas a bordo resultaron, sin embargo, ilesas. Fuertes vientos arrachados sacaron de la pista de Puerto Porvenir al Douglas DC-3 CC-CLH del vuelo 620 de la misma LAN, quebrando el tren de aterrizaje y declarándose un incendio que terminó por consumir totalmente al avión; este hecho ocurrió el 17 de febrero de 1950, y en él salvaron ilesas las 29 personas a bordo.

Otro caso muy dramático ocurrió en las cercanías del aeropuerto Carlos Ibáñez del Campo, de Punta Arenas, el 17 de julio de 1968, cuando el Curtiss C-46D matrícula CC-CDI de la novel empresa Aerolíneas Magallánicas Ltda. se estrelló en el Estrecho de Magallanes minutos antes de aterrizar (procedente de Argentina), causando la muerte de sus cinco ocupantes y la destrucción total del bimotor; si bien en este caso se estableció que la principal causa fue un error en la calibración del altímetro, el clima reinante esa noche –techo bajo, viento de casi 20 nudos, escasa visibilidad y chubascos fuertes de agua nieve– concurrieron como factores que complicaron fatalmente la maniobra del descenso.

En Punta Arenas también, el 23 de mayo de 1972 el clima le jugó una mala pasada al Beechcraft D18S matrícula CC-CDM de la empresa Línea Aérea TAMA, pilotado por Leonidas Gómez Gross y con otros nueve a bordo. Instantes después de despegar desde Bahía Catalina con destino al aeródromo Luis Fuentes Martínez, de Puerto Porvenir, la formación de hielo en las alas hizo que el aeroplano se desestabilizara y pasara a chocar los cables del alumbrado público de la ciudad, cayendo de inmediato en la Avda. Bulnes e incendiándose totalmente: el piloto quedó herido, pero los pasajeros… ¡salvaron indemnes!

El 8 de julio de 1981, el Cessna 402 CC-CBK de Transportes Aéreos Coyhaique se fue a tierra en terreno argentino, en Valle Huemules, y los tres tripulantes salvaron ilesos. Distinta suerte corrió el Piper PA-23-250 Aztec CC-CCH de Transportes Aéreos Don Carlos, extraviado el 8 de abril de 1997 cerca de Cochrane y con un resultado de cinco muertos, la mayoría de ellos militares del Cuerpo Militar del Trabajo que realizaban obras viales en el área. El 2 de marzo de 1998 el Cessna 401 CC-CIX –al mando de don Alfonso Cuadrado Kaiser– despegó desde Chaitén y se fue a tierra de inmediato en la playa La Puntilla, causando la muerte de cuatro personas y quedando otra muy grave, aunque en este caso la causa fue incendio de uno de los motores y no el clima. Tres heridos y dos muertos dejó el choque del Cessna U206 CC-CTB contra el cerro Chamuscado, más al norte de Puerto Montt, en medio de un clima perversamente malo, el 6 de marzo de 2000.

El 17 de abril de 1982, mientras emprendía un vuelo Puerto Montt-Chaitén, a los 7 minutos de vuelo se incendió el motor izquierdo del Piper PA-23-250 CC-CDL, bimotor que formalmente pertenecía a la empresa Ernesto Hein y Cía Ltda. (aunque es probable que la nave ya hubiera sido transferida un tiempo antes al piloto al mando al momento del siniestro). El piloto intentó un aterrizaje forzoso en Punta de Ilque, pero el fuego se propagó tan rápido que medio kilómetro antes de llegar a la planicie, el bimotor cayó al mar envuelto en llamas. Los siete a bordo murieron.

El 5 de junio de 1982 resultó desaparecido en un vuelo Puerto Montt y Punta Arenas el Beechcraft 65-A80 CC-CFJ de la empresa TAMA Ltda., tripulado por Jorge Freyggang y su grupo familiar compuesto por otras cinco personas; un destino similar sufrió el 28 de noviembre de 1983 en las cercanías de la isla Guarello el Piper PA-31-350 CC-CIL operado en ese momento por la Línea Aérea Magallanes en un vuelo entre Punta Arenas y Puerto Montt, también dándose por desaparecidos sus dos tripulantes.

Finalmente, el Beechcraft 65-A80 CC-CFS de la empresa Transportes Aéreos Don Carlos cayó el 16 de mayo de 2005 poco después del mediodía, ocasión en la que diez almas encontraron la muerte luego de haber despegado desde Balmaceda y capotando a 9 millas al sur de esta localidad, en el sector argentino de Portezuelo.

Algunos accidentes que afectaron a
la aviación de Carabineros
El mal clima ha sido la causa determinante también de varios accidentes fatales ocurridos a la aviación de Carabineros de Chile, generalmente presente en la zona sur a través de las actividades de los aviones de su club aéreo como de la Prefectura Aeropolicial.

Uno de los primeros fue el que le ocurrió al Cessna 182B matrícula CC-KKE, el que al mediodía del 6 de marzo de 1965, y mientras hacía un vuelo desde Castro a Ancud, se encontró con un frente situado en las cercanías de Quemchi, metiéndose en las nubes y estrellándose luego de una picada de 45º con la que intentó salir de las nubes; sus cuatro ocupantes murieron. Similar destino encontraron los siete a bordo del Piper PA-31 Navajo CC-KKC que el 3 de febrero de 1986 vieron cómo su avión se desarmaba en vuelo mientras hacía un viaje desde Tobalaba, cayendo en el cerro El Fraile, cerca de Coyhaique.

Más recientemente, el 27 de octubre de 1993 el Cessna U206G CC-LLE se estrelló contra el cerro La Aguja, en la X Región, mientras hacía un vuelo Llanada Grande-El Tepual. La causa probable fue meterse en un frente sobre un sector con complejas características orográficas, intentando volar instrumental sin tener radioayudas suficientes; los seis ocupantes fallecieron.

Algunos de los helicópteros policiales, por su parte, también han sido víctimas de las inclemencias climáticas del sur: el MBB BO-105C registrado C-09 cayó el 17 de enero de 1990 en Río Cuervo, cerca de Aysén. El 10 de diciembre de 2003 cae controladamente en la cordillera de Lonquimay el Bell 206B JetRanger III número C-07, afectado gravemente por los fuertes vientos existentes en esa zona; una situación similar –un fuerte temporal– afectó al MBB BO-105CB número C-12 el 27 de enero de 2006, cuando cayó a tierra cuando estaba por aterrizar en el helipuerto de la tenencia policial de Balmaceda; el aparato provenía desde el aeródromo de Coyhaique, siendo afectado por el viento al intentar aterrizar y golpeando violentamente contra el terreno.

Otros accidentes militares
En una zona de tan difícil conectividad, y donde la sacrificada aviación privada no siempre ha estado enteramente disponible, la presencia de la Fuerza Aérea de Chile ha resultado absolutamente primordial. Y qué mejor exponente de la labor de nuestros aviadores que los aviones institucionales que alguna vez reinaron desde fines de los ’20 con los Vedette y los Gipsy Moth, para seguir con una serie larga de otros aviones y helicópteros, en una entrega que no ha conocido pausas.

Así, y ya en la época de nuestra aviación de los últimos 50 años, el 17 de diciembre de 1960 el de Havilland DHC-3 Otter número 933 del Grupo 5 cumplía una comisión a Chaitén para dejar repuestos a otro avión similar que se encontraba descompuesto (el 932), y terminó extraviado con sus cuatro ocupantes muertos, entre ellos un teniente de Carabineros.

Más allá, qué mejor exponente que el conocido, fiel y ubicuo DHC-6 Twin Otter para graficar el apoyo social que la FACh brinda a nuestros compatriotas en el sur. Sin embargo, la entrega de este bimotor todo-terreno no ha estado exenta de sacrificios: adquiridos en 1966, y al poco tiempo de asentarse en la zona, el 14 de septiembre de 1969 el DHC-6-100 número 942 resultó muy averiado en Puelo Alto con la pérdida de sus tres tripulantes.

El 17 de noviembre de 1972, el Twin Otter número 938 también se estrelló en Segundo Corral intentando aterrizar con una falla de motor; el avión resultó destruido y tres tripulantes fallecidos y dos muy graves. Poco después, el 9 de septiembre de 1974 el Twin Otter número 941 también resultó totalmente destruido luego de que, a las 19.50 horas, la neblina le complicara demasiado el aterrizaje en el cabezal sur de El Tepual; seis muertos y un herido grave fue el saldo.

El último caso fue sin duda el que afectó al comandante Fuentes y sus dos camaradas el 2 de julio pasado, en una operación a muy baja altura que terminó con el avión estrellado contra un cerro luego de encontrar en su camino a un tendido eléctrico. Un recuerdo especial para el tripulante Marcos Oyarzo Ll., antiguo amigo de quien escribe estas líneas.

Epílogo
La relación de los accidentes ocurridos es más cuantiosa aún, y con seguridad otros vendrán en el futuro. Los últimos hechos que afectaron al Cessna Grand Caravan CC-CTR de Patagonia Airlines (7 de junio), al Twin Otter del Grupo 5 de la FACh (2 de julio), y al Beech 99A CC-CFM de Aerocord (10 de julio), lamentablemente se suman a un largo historial de eventos similares. Lamentablemente, y aunque se incrementen las ayudas a la aeronavegación o la seguridad de vuelo sea estrictamente fiscalizada (como generalmente suele ocurrir en nuestro sistema aeronáutico), los imponderables de siempre harán que los accidentes sean prácticamente inevitables, y la historia da suficiente prueba de ello. Y en tal sentido el pésimo clima nunca dejará de ser un factor a considerar, así como lo entramado y enrevesado del panorama geográfico de la zona, el que muchas veces –como ha ocurrido antes– hará que la ayuda tarde en llegar o simplemente no llegue nunca. La época de los pioneros, entonces, en las rutas aéreas del sur de Chile, sigue plenamente vigente, qué duda cabe.

18 mayo 2005

Hawker Hunter FACh 736

Un joven de 50 años...
(Foto, I.S.)
La llegada a la FACh del Hunter Mk.72 número de orden J-736 se remonta a febrero de 1974 cuando –junto con otros dos Hunter también ex-RAF– completó la segunda parte de la Operación Atlantes, el recordado cruce del océano Atlántico que significó el autotraslado en vuelo de un total de seis aviones de este tipo comprados en Inglaterra por Chile (tres Mk.71A de reconocimiento fotográfico, dos cazabombarderos Mk.71, y un Mk.72 biplaza entrenador). Señalemos que el viaje de los primeros tres aviones había tenido lugar –también con éxito– en enero del mismo año. Las duras dificultades económicas por las que pasaba entonces nuestro país –poco después del golpe militar del 11 de septiembre de 1973– influyeron sin duda en que la Dirección de Operaciones de la FACh decidiera autorizar el salto del Gran Charco para transportar los aviones al país. La misión significó, en la práctica, completar una ruta de de 8.438 NM desde Londres a Santiago, con escalas técnicas en Sevilla, Las Palmas, Dakar, Monrovia, isla Ascensión, Recife, Salvador, Río de Janeiro, Asunción y Antofagasta.
El biplaza 736
Con respecto a los orígenes de este avión, si hay algo que está relativamente claro es que su existencia empezó a mediados de 1955 en Blackpool, Lancashire, Inglaterra. En esa oportunidad lo vemos abandonando la fábrica como un caza monoplaza versión F.4, y entrando en el servicio el mismo año con la Royal Air Force (RAF). Sin embargo, desde Chile es posible dejar ver una sombra de duda sobre las versiones generalmente aceptadas en relación con su hoja de vida. El común denominador en todos los reportes prevenientes desde Gran Bretaña se relaciona con que este avión habría tenido el número de construcción (c/n) 003035. Partiendo de este hecho conocido, los británicos sostienen que la primera matrícula asignada en la RAF habría sido la XE704, sirviendo con el 112 Squadron, pasando a servir después a la Central Flying School, antes de que se convirtiera en 1963 en un simple fuselaje de entrenamiento para técnicos de tierra en Halton, Buckinghamshire, donde para tal propósito se le asignó la matrícula 7788M. La historia anterior, sin embargo, omite el que la placa de fábrica del avión, ese verdadero certificado de nacimiento de lata localizado –en este caso– en el foso de la pierna izquierda del tren de aterrizaje principal, claramente indica –y sin ninguna duda– que el c/n sería –en cambio– el 003031 (41HRHABL003031, para ser aún más preciso). Este dato, personalmente observado por mí (y mi linterna), se ratifica por variada documentación chilena oficial relacionada a este avión y nos lleva a observar con mucho escepticismo las versiones de los investigadores de la Rubia Albión. Sin embargo es posible que exista una explicación para justificar esta diferencia, preferimos este antecedente local para retrucarle a los ingleses la dudosa certeza de sus listados, los que curiosamente fallan en varios de los HH que volaron en Chile. Ojo, que si -por ejemplo- 20 seriales (de aviones chilenos) están mal consignadas, el efecto dominó de los errores va mucho más allá... Si aceptamos entonces que el avión en realidad tenía el c/n 003031, las mismas fuentes señalan que el aparato habría sido el original XE688, pero con una vida muy corta, desde que fuera retirado del servicio el 23 de octubre de 1957 y desguazado el 19 de mayo de 1961 para usar sus partes como repuestos. Independientemente de la razón por la cual se fue de baja a fines de los ‘50, no sería extraño que el fuselaje hubiera sido recuperado y reconstruido para su venta y posterior traslado a Chile. Ésta no sería una situación excepcional si tenemos presente que, en el mismo sentido, la FACh adquirió y operó como J-718 el avión que antes fue el famoso G-APUX, un demostrador biplaza de la fábrica, el que a su vez había sido un monoplaza Mk.6 construido bajo licencia en Bélgica, y que se dañó severamente en un accidente de 1958 después de un aterrizaje sin tren en un vuelo con falla total de motor. Reconstruido en 1959, y después de conocer interesantes destinaciones, el G-APUX se transfirió en Chile en 1967, donde operó con éxito hasta 1994, actualmente formando parte de la exposición en el Museo Aeronáutico, en el Salón de los Reactores. Donde sí puede encontrarse unidad de criterio con respecto a la identidad del avión analizado en estas notas, es que en 1972 fue readquirido por la Hawker Siddeley Aviation, siendo a continuación reconstruido por la misma casa como un Hunter versión Mk.72, denominación específica asignada a aquellos biplazas exportados a Chile.

Servicio en Chile
Después de su llegada a Santiago, este entrenador empezó su carrera sirviendo con el GA8, uno de los grupos de combate con mayor tradición dentro de la FACh. Un evento notable en su servicio operacional tuvo lugar el jueves 26 de abril de 1979, cuando mientras era tripulado por dos oficiales que hacían una aproximación ILS al aeropuerto de Pudahuel, golpeó durante la carrera de aterrizaje a un vehículo de soporte técnico que circulaba lentamente por la pista en esos momentos. Como resultado del impacto, el avión perdió 1/3 de su ala derecha. Lejos de abortar el aterrizaje e intentar detenerse, los pilotos volvieron al aire dando un rodeo a baja altura al sector del terminal, efectuando de inmediato una bajada suave y sin ulteriores perjuicios, salvando ilesos ambos. Los daños se estimaron cerca del 12% del valor total del avión, y fueron reparados poco después.
(Foto, I.S.)
Alrededor de 1989 este aparato se vio beneficiado con el Programa Águila, actualizaciones que se aplicaron a los Hunter a esa fecha operativos en la FACh, y diseñado por el Comando Logístico con la estrecha colaboración de los grupos de combate. Este programa fue el primer esfuerzo de modernización sistemático emprendido por la institución en sus aviones Hunter, algunos de los cuales –desde 1976– ya habían experimentado una modificación limitada y parcial de sus sistemas para aumentar la capacidad operacional por medio de la instalación de dos misiles aire-aire Shafrir Mk.2, así como el reemplazo de algunos de los instrumentos originales británicos por otros provenientes de los Estados Unidos. Principalmente estructurado alrededor de la estandarización en una cabina completamente rediseñada, el Programa Águila significó profundos cambios a los equipos de navegación y comunicaciones, las alarmas de a bordo, instalación de transponder y circuit-brakers, reposicionamiento ergonómico de todos los paneles de instrumentos, reemplazo de todo el cableado eléctrico, un nuevo sistema de partida de motor, y provisiones para el empleo del sistema nacional de RWR en 360º Caiquén II. Al mismo tiempo –y a través de un proyecto paralelo y diferente a Águila– se instalaron provisiones para el dispensador de chaff & flares Eclipse, también fabricado en Chile. Todo el trabajo se llevó a cabo por el Ala de Mantenimiento de la FACh a través de su Departamento de Electrónica. Excepcionalmente, sólo dos biplazas (718 y 736) se modificaron al estándar Águila (exceptuando la instalación del RWR), y después estos mismos dos aviones se vieron beneficiados con la actualización de su tablero de control de armamento, trabajo que fue aplicado como un retrofit a todos los Hunter en servicio con la FACh (plan extraoficialmente conocido como Programa Águila II). El 9 de julio de 1992 nuevamente este avión se vio envuelto en una situación crítica: aproximadamente a las 13.30 horas, durante una salida de instrucción en un polígono del norte, al completar 20 minutos de vuelo y al iniciar una montada pre ataque se produjo un flame out. Luego de intentar reencender el motor, y perdiendo velocidad de 450 a 250 nudos en la montada, el piloto puso actitud de nariz abajo cerca de la pista, solicitando barrera para aterrizaje sin motor. Luego de alguna dificultad, puso ruedas dentro del primer tercio de la pista, a unos 200 nudos, aunque el reventón del neumático derecho lo hizo salirse de ella, arrastrándose. Afortunadamente, los daños sólo afectaron al tren de aterrizaje y ambos tripulantes salieron ilesos. Al principio de 1995, el FACh 736 llegó al aeródromo de Los Cerrillos junto con los últimos tres Hunter en servicio oficial con la fuerza (más otros fuselajes sin motor; aunque un monoplaza, el 727, se quedó en condiciones de vuelo en la VBA), en lo que sería el anticipo de su jubilación y reemplazo dentro del GA8 por varios Mirage 5 Elkan adquiridos de la fuerza aérea belga durante 1994. Después de permanecer en la línea de vuelo para que algunos generales de la institución cumplieran cortos cursos de refresco para poder participar en un último vuelo durante la ceremonia de despedida del avión, el 19 de abril de ese año los Hunter pasaron a retiro durante un concurrido acto institucional. Después de todos estos sucesos, el Hunter 736 fue transferido a la Escuela de Especialidades para ser usado como elemento didáctico de ayuda a la instrucción. Mientras estaba en esa situación captó la atención de quienes poco después se volverían sus nuevos dueños, los brasileños de EMBRAER.

Nueva vida a un viejo maestro
En junio de 2000 las conversaciones para la venta del avión a EMBRAER (junto con buena cantidad de piezas y partes) estaban bastante bien encaminadas, desde que esta compañía había manifestado su interés por obtener un avión con performances similares a aquellas del Hunter –entre otras, una buena capacidad de aceleración transónica– para cumplir con tareas de seguimiento fotográfico durante los vuelos de prueba de los prototipos de los aviones fabricados por esa prestigiosa compañía.
(Foto, I.S.)
En agosto siguiente, un grupo de brasileños y de técnicos chilenos ya estaban trabajando en las instalaciones de ENAER en El Bosque, donde el avión recibió una completa revisión y reparación estructural. A principios de 2001, y para los propósitos de sus vuelos de prueba pre-entrega en Chile, se le asignó la matrícula civil brasileña PP-XHH. Hacia mediados de mayo de 2001 el avión estaba en sus primeras pruebas en el aire, y para esto los brasileños contrataron los servicios del renombrado test-pilot inglés Dan Griffith, de la Autoridad de la Aviación Civil británica, y conocido particularmente por sus reportes de vuelo de los últimos tipos de aviones occidentales en servicio para la afamada revista de aviación AirForces Monthly. Acompañado por Luiz Tedeschi, piloto de EMBRAER, en repetidas ocasiones ambos cruzaron los cielos chilenos, lo que permitió a los entusiastas nostálgicos experimentar una vez más el sonido inconfundible del Rolls-Royce Avon y también disfrutar el espectáculo de ver en acción a este noble aparato, resucitado de sus tareas como fuselaje de instrucción, y ahora mudado su tradicional camuflaje verde-gris por una lucida combinación de los colores corporativos blanco-amarillo-azul de la compañía brasileña.
(Foto, EMBRAER - L. Tedeschi)
Después de múltiples comprobaciones técnicas, a finales del mismo mes el PP-XHH despegó desde Los Cerrillos, directo hacia su nuevo domicilio en Sao José dos Campos, Sao Paulo, e inmediatamente comenzó a cumplir con sus nuevos deberes... a casi cinco décadas después de su entrada en servicio en la vieja Europa.
La noticia y los medios del mundo
Incluyo a continuación algunos de los reportes que hice para medios extranjeros cubriendo la noticia de la venta del Hunter a Brasil, y cómo fue recepcionada y publicada en estos.
La venta a la EMBRAER de uno de los Hawker Hunter retirados del servicio por la FACh en 1995 sin duda que fue una noticia interesante desde todo punto de vista, sobretodo para aquellos que aún tenían (y tienen) un especial afecto por este bello y poderoso aparato construido en Inglaterra. Y no podía ser sino ese país el que estuviera particularmente interesado en el desarrollo de la operación, tal como fue destacado por las revistas cuyas imágenes se muestran en esta nota, en trabajos enviados por este corresponsal.
Asimismo, Brasil, como la otra parte envuelta en esta interesante historia, dio amplia cabida a mis reportes en tres números de la afamada revista FLAP Internacional, una de las cuales incluso tuvo el tema en portada. Siendo el país de la empresa adquirente, el interés era considerable y justificadamente mayor, y aunque mucha información estaba corriendo ya en Sao Paulo, se daba el contrapunto que aquí en Santiago el tema era tratado casi como secreto de estado, cosa que fue destacada en una de las notas. Curiosamente, no recuerdo que algún diario o emisora de TV local haya tratado el tema, objetivamente una noticia bastante digna de ser comentada.

10 enero 2005

Mercado aéreo chileno

El mismo cuento de siempre

Hace poco (diciembre) inició sus operaciones en las rutas nacionales la compañía Aerolíneas del Sur, filial del grupo español Marsans. En resumen, una proyección inicial de cuatro aviones Boeing 737-200, un crecientemente progresivo plan de ciudades chilenas que servir, y la infaltable crítica abierta de uno de los componentes del estrecho mercado aéreo local. A ojos de simple consumidor, nada nuevo para una compañía que recién parte: el libreto repetido por casi todas las empresas que a contar de los ‘80 quisieron volar en Chile (y que, dicho sea de paso, hoy ya no existen), y el mismo destino incierto.

El principal preocupado con la entrada de los españoles-argentinos ha sido el grupo controlador de la aerolínea santiaguina Sky Airline, una compañía en operaciones efectivas desde inicios de 2002, y que ha logrado hacerse de algo menos del 20% del mercado local, detrás por cierto de la todopoderosa LAN. Recordemos que la propia Sky apareció mientras las autoridades judiciales, aeronáuticas y estatales chilenas daban cuenta de la peruano-chilena Aerocontinente, defenestrada de su sitial en el market-share local debido a los manejos de los hermanos Zevallos, oscura materia respecto de la cual existe abundancia de información en la red y que por mi integridad física prefiero no tocar aquí.

Si no hubiera habido rápidas críticas a la llegada de Aerolíneas del Sur eso habría significado que algo realmente raro se estaba dando con este nuevo desembarco de los españoles en la economía chilena (y eso que, a estas alturas de la globalización, acepto que hablar de “economía chilena” parece un arcaísmo). Y es que las voces de protesta cada vez que algún nuevo actor aparece en el mercado local son como la corrida de San Fermín local, una mezcla de gritadera y zafarrancho (aspecto al que ya me referí en otro artículo en este mismo sitio al opinar sobre los genes –hereditariamente transmitidos– del empresario aeronáutico local).

Y si ahora Sky alega, otros alegaron antes contra Sky, y así será sucesivamente por los siglos de los siglos. En beneficio de todos aquellos que no tienen mayores luces acerca de la composición del mercado aéreo chileno, consignemos aquí que después de LAN está Sky, y pare de contar, porque el tercer lugar lo ocupa una minúscula empresa regional ubicada en Punta Arenas –el fin del mundo en otros tiempos– cuya cuota en la repartición es casi inexistente.

Contrariamente a lo que pudiera suponerse, lo que me llama la atención de este previsible fenómeno no es la lucha comercial que podría darse contra este nuevo usuario de los aeropuertos nacionales, ni tampoco la batalla legal que ya se inicia debido a algunas acciones judiciales prometidas deducir por Sky en contra de Aerolíneas, sino otros aspectos menos formales. Es decir, es cierto que para Sky debe ser preocupante que un intruso entre a disputarle su 19% del mercado (porción que no niego que ha sido trabajosamente conseguida), y que consecuentemente sus ejecutivos estén avalando que se proceda en contra de los españoles-argentinos de todas las maneras legales posibles. Ambas, la lucha comercial y la batalla (que no una simple pelea de arrabal) legal eran previsibles y, además, están dentro de las herramientas que otorga la institucionalidad de Chile, por lo que nadie debería extrañarse ni asustarse.

Tampoco me importa mucho que Sky haya pedido la caducidad de los permisos de los argentinos alegando una supuesta violación a la legislación local de cielos abiertos que exige una inexistente reciprocidad de Buenos Aires en esto de permitir operaciones de cabotaje en rutas recíprocas: qué bueno que una simple y pequeña empresa privada como Sky quiera enmendarle la plana a todas a las autoridades chilenas que –con los antecedentes en la mano– dieron luz verde al funcionamiento de la nueva aerolínea en perjuicio del ordenamiento jurídico y de los intereses económicos de los sufridos nacionales de esta generosa tierra.

Para decirlo de una vez, parece que nadie dentro de Sky se ha acordado de los beneficios que podría obtener el simple consumidor mapochino con el arribo de un nuevo actor y de cómo eso podría ser una fuente de oportunidades; ciertamente eso es menos importante que conseguir que impere la justicia en el mundo, sobretodo cuando ésta se acerca peligrosamente a tocar nuestros bolsillos (es decir, los bolsillos de Sky).

Siempre ha sido igual
El miedo, entendido éste como una perturbación angustiosa del ánimo por la presencia de un riesgo real o imaginario, o la aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a sus deseos, nos afecta a todos en mayor o menor grado en distintas etapas de nuestras vidas. Y en lo aeronáutico chileno ha sido una constante. Un negocio riesgoso, que generalmente requiere fuertes inversiones de capital fijo, y que en Chile ha sido tradicionalmente mono u oligopólico, no puede estar exento del temor de fracasar a la primera ocasión desfavorable (y para Sky, la llegada de los españoles parece serlo). Sin embargo, si hacemos un racconto siguiendo las declaraciones de sus ejecutivos durante estos últimos dos o tres años, el temor actual que manifiestan es infundado: los objetivos que la aerolínea se fijó ya están prácticamente conseguidos [20% del mercado y balances azules conseguidos prematuramente; crecientes operaciones en Chile y en el extranjero; tarifas dentro de mercado; y una flota de aviones viejos que no ha sufrido más que una variación numérica] dan pistas de eso. Como si fuera poco, el grupo económico detrás de Sky no es poca cosa, por lo que en alguna medida es esperable contar con un colchón financiero que ciertamente otorga algo de tranquilidad extra. ¿Qué más puede esperarse para entrar a competir de verdad en el mercado?

Además, todo indica que la actitud de LAN en contra de Sky ha sido la del león que observa a su eventual presa desde el otro lado del río, sin decidirse del todo a comérsela o no. Si LAN ha mantenido el mandoble en la vaina ha sido más bien por razones estratégicas derivadas de las restricciones que le impondría la autoridad al institucionalizarse –nuevamente– como un monopolio de hecho, más que porque la gigantesca ex compañía de bandera chilena haya renunciado a su real posibilidad de destazar a piacere a cualquier adversario nacional. Si a Sky supuestamente no le temblaron las rodillas en 2002 frente a LAN (y frente al complicado mercado de ese entonces) e igual se lanzó al ruedo, a competir “de igual a igual” al decir de sus socios, ¿por qué ahora –medianamente consolidada– le teme a Aerolíneas del Sur, la que a estas alturas no es sino un adversario menor? Por favor, relativicemos las cosas y mantengamos la calma.

A mi juicio, para Sky esta no es sino una oportunidad de crecimiento, algo que ellos sin duda habrían preferido evitar, pero que por ser una circunstancia exógena e impuesta es necesario enfrentar aquí y ahora. La alternativa judicial es una opción, pero no debe verse en ella la solución real al problema, pues aquella no considera el tema principal, cual es que Sky se sostendrá limpiamente en el mercado sólo en la medida que cuente con el apoyo de los consumidores, y estos no debieran reconocer más banderas que aquellas de quien esté dispuesto a ofrecerles lo mejor por un precio razonable, algo que Sky no debe dejar de tener en mente en esta hora de preocupación. Si LAN cuenta con su público cautivo –o, lo que es lo mismo, con su clientela conforme–, cualquier competidor de poca monta (o sea, cualquier otro en el mercado chileno) debe necesariamente seguir el ejemplo, y lograrlo no pasa necesariamente por hacerle la vida imposible al tendero que plantó su banca en la calle de enfrente. Este criterio miope es fácilmente identificable por el consumidor actual y tiene el tremendo riesgo de perderse en los kafkianos caminos del aparato estatal latinoamericano.

Por lo pronto, mientras Sky decide gastar sus tiros contra Aerolíneas, seguiré con mi costumbre de abordar aviones LAN cada vez que quiera moverme dentro de Chile. Por lo menos, esta última compañía ya parece haber dejado atrás sus arrebatos de juventud. Claro que se demoró más de 70 años en hacerlo –digámoslo también– tiempo en el que muchas víctimas de toda clase quedaron regadas en el camino.

03 enero 2005

Volando en A-37...

Un paseo por las nubes
(Este artículo se inserta para facilitar la lectura del mismo tal como es citado en la siguiente actualización. Por lo mismo, debe entenderse tal cual fue escrito en 2003)


Introducción
Recientes intercambios en un foro extranjero acerca de la capacidad subalar de los Cessna A-37B Dragonfly de la FACh me sirven como excusa para escribir unas cortas notas con algunas impresiones personales acerca de los extensos vuelos efectuados en el país por estos aviones y –más importante– para compartir algunas fotografías.

En la no muy lejana época de la bonanza económica chilena, antes de que los efectos de sucesivos tequilazos, crisis proveniente de Asia, corralitos, etc., hicieran estragos en los bolsillos y presupuestos de todos los ciudadanos y estados latinoamericanos, era frecuente que en determinadas fechas confluyeran en Santiago importantes cantidades de aviones de la FACh, particularmente en los clásicos despliegues anuales del 21 de marzo –día institucional– y del 19 de septiembre –día del Ejército–.

Así, no resultaba raro ver varias decenas de los principales jets de combate, más varios otros aparatos utilitarios, transportes y helicópteros, y –aún más interesante– aviones para “misiones especiales”, ya fueran éstos los vistosos Twin Otter antárticos, o los más escurridizos Beechcraft 99A de guerra electrónica o descubierta marítima modificados en Chile. Siempre constituyó una oportunidad imperdible para los fines que a todos nosotros interesan, y también para alternar algunos momentos con oficiales y suboficiales amigos de largo tiempo.

El Grupo de Aviación Nº 12
Aparte de ser una bella ciudad, con una fuerte influencia europea fruto de sucesivas y potentes inmigraciones, Punta Arenas es un puerto aéreo de crucial importancia para Chile. Y no sólo por sus recursos naturales y su cercanía relativa al promisorio continente antártico –donde proliferan las bases y estaciones científicas– sino porque también desde esa histórica metrópoli se ejerce jurisdicción sobre el estratégico Estrecho de Magallanes y sobre el Canal Beagle, sector este último por el cual Chile y Argentina estuvieron a minutos de trenzarse en una guerra a fines de 1978 (y bien lo sé yo, que estuve ahí para esos eventos, esperando el chispazo).

Desde 1966 está basado en la zona el Grupo de Aviación Nº 12 (GA12). Su primer material aéreo estuvo formado por varias unidades de Lockheed F-80 y T-33, los que dejaron oír sus turbinas en Magallanes hasta 1974. En estas monturas se formaron varias generaciones de oficiales y suboficiales de la fuerza, y los cielos australes –y sobretodo las difíciles condiciones climáticas– sin duda fueron elementos que fortalecieron el aprendizaje y las capacidades operativas.

En 1974 el GA12 fue declarado en receso, y no fue sino hasta 1977 que la unidad se vio reactivada para concentrar finalmente en ella a todo el material Cessna A-37B adquirido en los EE.UU., cuyas partidas iniciales habían llegado al país a contar de 1975 y para equipar a los GA1 y GA4. Treinta y cuatro unidades de este avión fueron finalmente recibidas, los que recibieron matrículas en la serie J-600 al J-633 (luego se sumó la matrícula 634 como efecto de la rematriculación del anterior J-600). A pesar de sus limitadas capacidades, en una época de fuertes zozobras en los suministros a consecuencia de embargos de armamentos, con gran esfuerzo el GA12 llegó a constituirse en la punta de lanza del poder aéreo en la zona más austral chilena, al igual que sucediera con los Hawker Hunter en el continente.

En los ’90, con el advenimiento de la democracia en Chile, se regularizó definitivamente el flujo de repuestos para el material de procedencia norteamericana –entre ellos el protagonista de estas notas–, y en junio de 1992 se recibieron otras diez unidades de Cessna OA-37B (matriculados 635 a 644) para reemplazar a otros tantos que habían sido destruidos en accidentes o simplemente dados de baja. De esta forma, algunas unidades del Cessna fueron entregadas al GA3 en Temuco, pero sólo temporalmente, ya que cuando esta misma agrupación recibió sus nuevas aeronaves A-36 Halcón, los A-37B fueron transferidos al GA12 –tal como ocurriera en 1977–, convirtiéndose esta última unidad en el Alma Mater de las libélulas en Chile.

Desde entonces, el GA12 sirve al país como unidad de combate especializada en el apoyo aéreo estrecho todo tiempo, asalto antiblindaje y reconocimiento armado de larga duración, y su ambiente natural está constituido por las adversas condiciones climáticas y la accidentada topografía del extremo sur del continente americano, teniendo una gran experiencia en la operación sobre tierra firme y océano. A esta unidad cada año llega un buen número de los pilotos de la FACh que han superado con éxito las exigentes pruebas de la Escuela Táctica que funciona en el desierto de Tarapacá, misma a la cual los noveles pilotos llegan luego de su egreso de la Escuela de Aviación.

Una ocasión esperada
Generalmente, el día sábado inmediatamente anterior al 19 de septiembre de cada año se realiza en Santiago la llamada Parada Preparatoria, que no es otra cosa que un ensayo completo y final del desfile que debe realizarse días después para honrar a las Glorias del Ejército de Chile. Como ya adelanté, el despliegue de medios militares ha sido cada año progresivamente menor, y de este fenómeno no ha escapado la aviación.

De formaciones que comprendían a lo menos diez de cada uno de los tipos de primera línea (F-5 o Mirage) y hasta dieciseis de cada uno de los Dragonfly o CASA/Enaer T-36/A-36 Halcón (C-101 españoles, ensamblados y muy mejorados localmente), el asunto ha bajado a tales niveles que dichos encuentros aeronáuticos son cada vez más reducidos. Y las razones sobran, por supuesto.

Y es que los buenos tiempos también se han visto afectados por los magros presupuestos. Al estricto ahorro fiscal decretado por el gobierno, se ha sumado el criterio de disminuir el consumo de combustible de las grandes formaciones, reservándose el movimiento de éstas para los inevitables ejercicios anuales combinados llamados Ciclón, prácticas con fuego real que son realizadas anual y alternadamente en los extremos del país. No cabe duda que esos ahorros también se han traducido en la mejoría relativa de las horas de vuelo en base, con lo que el entrenamiento –del cual parte importante se lograba en estos despliegues de largo aliento– no se ha visto afectado. Asimismo, reinversiones en los más variados aspectos de la fuerza, con miras a recibir esa verdadera revolución tecnológica que constituirá la llegada de los Fighting Falcon.

Desde Punta Arenas
Algunos días antes de la parada preparatoria todo el GA12 se encuentra listo en la base aérea de Chabunco para emprender el crucero hacia la capital. Está presupuestado que luego del despegue los aviones se dirigirán hacia Puerto Montt, ciudad localizada a unas 865 NM (1.600 Km) hacia el norte, distancia aproximada para una ruta sobre el territorio chileno (la aerovía más corta pasa por territorio argentino). Si bien más larga, de encontrar los cielos despejados las tripulaciones tendrán oportunidad de admirar una serie de lugares turísticos de gran valor, como las Torres del Paine, los Campos de Hielo Sur y Norte, e interminables accidentes geográficos.

La formación es comandada por el jefe del GA12 y su segundo, y la mayoría de las tripulaciones son jóvenes tenientes y subtenientes. Acompañándolos frecuentemente en el asiento derecho de cada avión van algunos suboficiales y personal de mantenimiento, en una suerte de involuntaria reedición de la antigua práctica de poner a prueba las capacidades del mecánico por la vía de concederle graciosamente un cupo en el primer vuelo luego de la revisión! Pero lo cierto que el puesto de copiloto es una plaza muy codiciada por los terrestres, así es que las peticiones no faltan. En otro brazo de la expedición, va “el gordo”, un C-130H Hercules del GA10 con el material de apoyo necesario para garantizar la total operatividad del despliegue.

La configuración de cada aparato comprende, generalmente, los estanques internos más los tanques de punta de ala, y seis estanques de 100 US galones bajo las alas, más otro estanque modificado en el que cada tripulación podrá guardar algunas de las pertenencias personales de uso inmediato. A pesar de que todos los Dragonfly chilenos cuentan con pértigas de reaprovisionamiento en vuelo, de que sus tripulaciones están entrenadas en este tipo de operaciones, y de que la FACh cuenta con un Boeing 707-330B tanquero, lo cierto es que considerando las distancias y tiempos involucrados, más las particularidades de la ruta, resulta suficiente para estos largos vuelos de traslado la configuración de combustible señalada, modificación a que fueron sometidos todos los aviones de este tipo en uso en la institución, así como equipos GPS de última generación.

El despegue se hace desde una de las tres largas pistas de asfalto del aeropuerto internacional Carlos Ibáñez del Campo, ubicado a 20 Km al norte de la ciudad (en Lat. 53º 01 Sur, Long. 70º, 51’ Weste), siendo usada generalmente la más larga de ellas (2.700 x 45 metros).

No por interesante el viaje deja de ser cansador. La posibilidad cierta de encontrar viento de proa, más la extensión del recorrido y el habitual plafond de nubes, hacen muchas veces que se tenga la desagradable sensación de estar prácticamente detenidos en el aire. A 350 nudos y a 25.000 pies de altura el traje especial de vuelo –equipo especial de anti-exposición al frío más otro buzo de flotabilidad positiva para el caso de caer al mar– y el paracaídas y todos los accesorios, resulta algo incómodo.

A pesar de todo, el combustible es suficiente para sobrevolar tranquilamente Balmaceda y los aeródromos de alternativa, ya en franca demanda del aeropuerto El Tepual, en Puerto Montt (Lat. 41º 26 ‘ Sur, Long. 73º 6’ Weste).

Luego de casi dos horas de vuelo, la estadía en Puerto Montt se extiende por el tiempo suficiente para cambiar los trajes de vuelo al buzo normal, almorzar, y descansar un poco. Los aviones, por su parte, serán reabastecidos de combustible y oxígeno. Poco después, la formación nuevamente emprende vuelo directo hacia Santiago, el que durará aproximadamente 1 hora y 20 minutos.

Arribo a Santiago
El arribo a la capital se hace luego de aproximdamente 3½ horas de vuelo, y los transeúntes que pululan en el centro de la ciudad inevitablemente elevan sus miradas hacia el claro cielo de septiembre al oír los rugidos de las formaciones de cuatro aviones que pasan bramando y a gran velocidad en el eje de aproximación hacia la pista de Los Cerrillos. Sin duda que las diez protuberancias alares y el color verde oliva y negro de los aparatos hacen de ellos un vampiresco espectáculo, digno de hacer detener por unos minutos los afanados pasos de la vida diaria incluso por aquellos a los que la aviación no les causa mayor interés (¡que los hay!).

Antes de aterrizar, una pasada en formación a mediana velocidad sobre el aeródromo, el acostumbrado desprendimiento táctico, y luego la entrada en final para tomar la pista. El viaje ha terminado, la primera parte de la misión ha sido cumplida exitosamente, y sin duda está muy presente en todos los hombres la esperanza de ver a familiares y amigos antes de continuar con las obligaciones que los han traído a Santiago.

Desfile
Pero el entrenamiento no termina con la llegada a Los Cerrillos. Antes de la preparatoria, son frecuentes los vuelos en elementos o bandadas, sobretodo para cumplir horas reglamentarias y para practicar en el ambiente operacional de Santiago, donde abundan los vuelos civiles y comerciales, donde existen varios aeródromos circundantes que siempre es bueno conocer a la perfección, y donde existe la posibilidad de cruzar el país a lo ancho en corto tiempo.

Dependiendo del número de aviones que se junten para la ocasión en Santiago será posible ver o no en Los Cerrillos a otros aviones de la FACh –generalmente los A-36–, pero en algunas oportunidades también a los F-5 o Mirage Pantera y Elkan, aunque estos últimos por lo general operando desde el aeropuerto internacional Arturo Merino Benítez.

El día del desfile el briefing es extenso, pues serán varias las formaciones de aparatos de diversas capacidades orbitando sobre la Región Metropolitana en espera de la orden de pasar sobre el Parque O’Higgins, lugar del desfile, y en coordinación con distintos escalones terrestres de la FACh.

El circuito de espera suele resultar algo tedioso, extendiéndose generalmente por más de una hora y media. No importando cuan grande sea el entusiasmo, para el no acostumbrado a estos menesteres el asunto puede resultar algo cansador: el agobiante sol magnificado por el plexit de la cabina, las interminables vueltas, la máscara de oxígeno (necesaria para las comunicaciones en formación), el casco y los arneses del equipo de emergencia, suelen apretar cada vez más fuerte. Dependiendo de la posición en la formación, el rebufo de los restantes aviones es más que suficiente para mantenernos en constante movimiento vertical.

Pero después de todo, la orden llega y lo que era una formación de aviones con cierta separación, se convierte en un bloque compacto en que la conversación distendida y relajada da paso a la tensión adrenalínica propia de una caja de 16 aparatos que vuelan a escasos metros uno de otro. El descenso es rápido y ya en la línea del campo de desfile pueden apreciarse a las otras formaciones adelante y atrás que también han recibido sus órdenes finales y se encuentran en pleno ataque. Abajo, los batallones avanzan imperturbablemente.

Pero el desfile aéreo dura unos pocos segundos y luego de él la formación nuevamente se separa a las distancias anteriores y entra en un nuevo circuito para bajar en Los Cerrillos y terminar así la jornada. Antes de eso, una pasada en formación a gran velocidad sobre la ciudad y luego sobre la pista, más el quiebre táctico al final de ella –maniobra que proporciona las últimas Gs antes de aterrizar–, y luego suavemente el toque en tierra y el anheladísimo aire fresco que se cuela en la cabina abierta.

La experiencia se repite durante el desfile oficial, y un par de días después la agrupación se prepara para emprender el regreso a Punta Arenas. Las últimas compras, los últimos encargos, y los emocionados abrazos a amigos y familiares, y el GA12 nuevamente está en el aire, en demanda de reemplazar los calores de Santiago por aquel del nido propio, hacia su medio ambiente natural. Será hasta el año siguiente.

Un viaje menos amistoso
La misma experiencia anterior suele repetirse año tras año, aunque aumentadas las distancias al doble y en un plan francamente menos amistoso, aunque igualmente pleno de camaradería y deseo de hacer bien las cosas, como lo son los despliegues para ejercicios combinados anuales en el extremo norte del país, donde los Dragonfly pasarán a ser huéspedes de las bases del desierto (¡de las conocidas y también de las reservadas de despliegue!), y escupirán fuego real durante varios días en la búsqueda incansable del mejor blanco, de la navegación más precisa, y de demostrar por qué motivo son conocidos como los Tigres de la Patagonia. Pero eso es otra historia.

Dedicatoria
Estas notas están dedicadas a la memoria del teniente FACh (r) Marcelo Enberg Barros, cazador de Dragonfly que entregó sus alas para siempre cerca de Santiago el día 6 de febrero de 2002 mientras pilotaba un Cessna 150 civil. QEPD.

01 enero 2005

VIII Congreso FIDEHAE, Santiago, octubre de 2003

Discurso Inaugural (*)

Iván Siminic

La conmemoración de los 100 años del éxito obtenido por los hermanos Wright al elevarse en 1903 sobre las llanuras de Kittyhawk en un aparato motorizado más pesado que el aire, sirve como punto de partida para estas breves notas conmemorativas.

No debió transcurrir mucho tiempo desde ese corto vuelo para que otros hombres perfeccionaran no sólo al avión en sí mismo como principal medio de transporte aéreo, sino que también dieran una nueva y asombrosa dimensión al sueño de surcar los aires en forma independiente y controlada, deseo cuyos orígenes se pierden en la historia universal más remota y legendaria.

Siendo con seguridad el logro tecnológico más notable de principios del siglo XX, lejos de convertirse en un privilegio de pocos, la posibilidad cierta de conquistar los cielos provocó un rápido movimiento de hombres ansiosos por participar de la nueva aventura que se abría generosa ante los ojos del mundo. Tanto fue así que durante la misma primera década del siglo pasado, la aviación –todavía incipiente en muchos de sus aspectos– ya se había convertido en un bien al que toda la civilización deseaba acceder, incluyendo, por cierto, ciudadanos de nuestra América y de la península hispana.

Sin duda, y al igual como ocurre con Chile, cada nación de nuestros continentes tiene mucho que decir respecto de sus hijos que brillaron en su aporte al desarrollo en general de la aviación –aquella que tenía a Europa y a los Estados Unidos como centros de gravedad–, como en la participación de estos en los procesos de desarrollo de la aeronáutica en sus respectivos países. Sus nombres y las hojas de vida con sus méritos son conocidos por nosotros, y su paso por nuestra historia constituye un patrimonio del cual nos sentimos orgullosos, por la evidencia de su arrojo, valentía e ingenio, y principalmente por haber llevado la bandera de sus respectivas patrias al gran concierto mundial que reclamaba almas nobles dispuestas a darlo todo por la nueva empresa en que –sin marcha atrás– se embarcaba la humanidad. A no dudarlo, todos ellos fueron adelantados de su tiempo, clarividentes de un futuro que ofrecía ante sus ojos múltiples posibilidades, un futuro del que nosotros hemos sido testigos más que privilegiados.

Alberto Santos-Dumont, Jorge Newbery, Rafael Pabón, José Luis Sánchez Besa, Dagoberto Godoy, Arturo Dell’Oro, Camilo Daza Álvarez, Cosme Rennella Barbatto, Juan Guillermo Villasana, Marcos Gelabert, Silvio Pettirossi, Jorge Chávez, Carlos Meyer Baldo, Cesáreo Berisso, Alfredo Kindelán y Duany, etc., son sólo unos pocos de una larga lista de iberoamericanos que se aventuraron en la invención, diseño y construcción de aeronaves, el establecimiento de nuevas plusmarcas mundiales, el sobrevuelo de los Andes y los Alpes y de otras largas extensiones de mar o tierra, el establecimiento de servicios de correo, escuelas de aviación, o potenciando las áreas de ingeniería, estrategia y táctica militar. También, combatiendo durante las diversas conflagraciones mundiales o locales, incluso rindiendo sus vidas en el cumplimiento de sus deberes.

DECIDIDO AVANCE
Resulta casi un lugar común decir que la aviación ha sido una de las áreas donde la tecnología ha avanzado de forma casi ininterrumpida, a tranco firme y resuelto, mostrando sus logros en forma casi exponencial en relación con el escaso tiempo transcurrido desde sus primeros días. Y el hombre sin duda ha debido adaptarse a este progreso y asimilarlo de muy diversas maneras, enfrentando con él los retos planteados por fenómenos sociales tan distintos como la guerra y la paz. Ha sido en estos dos aspectos que la aeronáutica ha revolucionado de tal manera el estado de las cosas, que muchas de las áreas que debieron avanzar más rápido o paralelamente, en la mayoría de las veces debieron ir a la saga de todo lo anterior. Y esto, no sólo desde 1903 en adelante –que es la fecha comúnmente aceptada como punto de partida práctico del arte del vuelo–, sino que desde antes, con las primeras ascensiones en globo y con los atisbos de los primeros esfuerzos por comprender y regular las nuevas alternativas que dichas actividades ofrecían al mundo.

Así, los dos mayores ordenamientos internacionales que establecieron parámetros comunes de utilización de la aviación civil y comercial se produjeron luego de las sendas conflagraciones mundiales del siglo recién pasado. París en 1919 y Chicago a fines de 1944 fueron los hitos legales que definieron los grandes principios sobre los que debería regirse la aeronáutica no militar, luego de que la aviación iniciara un acelerado proceso de masificación de medios humanos y materiales a consecuencia del fin de la Primera Guerra Mundial. Este fenómeno de abundancia se vio multiplicado por varias veces al término de la Segunda Gran Guerra, con el agregado en este último caso de que el mundo –gracias a los avances gigantescos experimentados en los diseños y las capacidades–, terminó por hacerse un lugar más pequeño donde vivir. Tal como digo, si las regulaciones internacionales mencionadas fueron el efecto de varias causas, imaginemos a su vez las consecuencias de la demora de las legislaciones nacionales de cada país en aceptar o acomodarse a las disposiciones de los grandes tratados, y la trascendencia que eso ha tenido en el desenvolvimiento de las relaciones entre los Estados.

Por otro lado, la aviación militar debió recorrer su propio camino desde las primeras reticencias de los comandantes a su utilización como arma en los campos de batalla europeos a partir de 1914, hasta la total e indesmentible evidencia de su consolidación como factor de disuasión y de desequilibrio en el desarrollo de los conflictos modernos, proceso iniciado a contar de fines de la década de los ‘30. Este recorrido entre la desconfianza inicial y la claridad de sus nuevos y sorprendentes roles, también debió superar –no obstante– sus propias definiciones doctrinarias a propósito de la evolución del concepto del Poder Aéreo y las formas para el mejor desenvolvimiento práctico de éste. Así las cosas, resulta innecesario referirse aquí y ahora a cómo estos aspectos también han repercutido en el ámbito de las relaciones internacionales.

Sin embargo, el avance vertiginoso de la tecnología no ha significado dejar en el anonimato al hombre, medida de todas las cosas. Si en los tiempos iniciales fueron los sportmen, los ciclistas que devinieron en notables aviadores y los aventureros, luego de los primeros pasos fueron otros hombres los que inscribieron sus nombres en el contundente libro de la historia de la aviación mundial, y sin duda habrá muchos más, porque la historia de los avances continúa imparable.

LA HISTORIA
Desde el punto de vista del historiador, de quien investiga el pasado para legar a las nuevas generaciones el registro fidedigno de los hechos y hombres que lo constituyeron, la tarea no se presenta nada de sencilla, en la mayoría de los casos. Así, a la circunstancia de que la historia no es una ciencia exacta, deben sumarse la subjetividad y capacidades propias de cada narrador, pero también las posibilidades notables de intercambio y obtención de múltiple información a la que es posible acceder hoy en día, mucho más que antes.

Por lo mismo, la tarea del investigador aeronáutico moderno se manifiesta digna del mejor esfuerzo de cada uno. El acotar adecuadamente los alcances de cada búsqueda, el hurgar sin cansancio en los distintos tipos de fuentes en pro de la verdad más objetiva, y llevar cada trabajo hasta el límite, sin duda resulta una empresa tan apasionante como aquella a que se abocaron nuestros pioneros y también nuestros contemporáneos, tanto en la aviación en sí misma como en todas sus múltiples actividades conexas. Creo que la idea que mejor grafica lo que digo es que en investigación aeronáutica no debe ser ajeno el concepto de querer superar cada vez aquellos límites que la misma aviación nos ha enseñado a vencer, yendo siempre más allá, más rápido y más alto. En historia aeronáutica aún hay mucho por hacer, y el recuerdo de nuestros próceres, nuestros hitos, y particularmente el querer estimular nuevas y mejores vocaciones aéreas, amerita ampliamente cualquier esfuerzo que hagamos en tal sentido. El desarrollo de nuestros pueblos y la adecuada educación de nuestras juventudes así lo exige.

(*) Pronunciado por el V.P. de la República, José Miguel Insulza.

Godoy y los Andes

Primus Inter Pares

Cada 12 de diciembre se conmemora en Chile el Día de la Aeronáutica. Iba a decir que “se celebra en Chile” pero eso sería una exageración: las ceremonias que tienen lugar son más bien de carácter institucional y privadas, y la participación de la ciudadanía es nula. Exceptuando ciertas epopeyas bélicas republicanas, es un hecho que ya a nadie le importa demasiado recordar ciertos hitos de nuestra historia, sobre todo de eventos que en su tiempo no sólo fueron noticia sino que –más que eso– causaron legítimo furor popular, incluso más que aquel que hoy se produce cuando llega a nuestra tierras una estrella del rock o un artista del celuloide.

Lo concreto es que el 12 de diciembre de 1918, minutos después de las 05:00 horas, el teniente aviador Dagoberto Godoy Fuentealba se montó arriba de un monoplano Bristol M.1C de la Aeronáutica Militar chilena y procedió sin más a cruzar la cordillera de los Andes por su parte más alta, en un vuelo que desde 1913 varios chilenos y argentinos habían intentado sin éxito. A diferencia de otros vuelos notables y de la rebeldía propia de los aventureros del aire de aquel entonces, Godoy tenía todos los permisos necesarios para intentar la travesía, por lo que cuando esa madrugada se acomodó dentro del espartano Bristol matrícula C4988 de la Primera Compañía de Aviación, lo hizo con el mejor respaldo técnico, organizativo y moral que la rama aérea del Ejército de esa época podía proporcionarle. Con todo, ese apoyo no hacía menos incierta la misión ni menos inapropiado el avión para la tarea que se demandaría de él esa mañana.


Se dice que esta es la imagen del despegue de la mañana aquella... Imposible para esa hora de la madrugada...

Concretamente, se trataba de hacer el cruce desde las instalaciones de la Escuela de Aeronáutica Militar ubicada en la base de El Bosque en Santiago de Chile hasta la ciudad argentina de Mendoza. Para que el salto tuviera real valor, debía ser hecho por una de las partes más altas del muro de roca que separa a ambas naciones, lo que se traducía en lograr pasar a una altitud que fuera similar a la media resultante de la montaña Aconcagua y el volcán Tupungato, de 6.959 y 6.570 metros aproximados, respectivamente. Toda una proeza para la época.

Luego de despegar desde El Bosque, el pequeño y esmirriado piloto temuquense, nacido en 1893 e ingresado al Ejército a los 16 años de edad, rápidamente alcanzó algo más de 4.000 metros, altura con la que enfiló hacia el macizo andino. Llegado a la zona de más altas cumbres, logró colarse entre fríos y corrientes hasta la altitud requerida, logrando sortear la frontera entre los dos países e iniciando el descenso hacia la cancha argentina de Los Tamarindos. Luego de haber sobrevolado una zona que nadie más en el mundo había alcanzado, el éxtasis del chileno fue seguido por el esfuerzo necesario para superar el frío y la hipoxia y lograr concentrarse en los retos de la navegación. Lamentablemente, no pudo encontrar la cancha argentina y, por falta de combustible, a las 06:35 debió hacer un descenso de emergencia en Lagunitas, cerca de Mendoza, donde el avión resultó dañado. Sin embargo, la misión original, el cruce por las partes más altas, había sido cumplida.


Recepción de héroe... Lo fue, en realidad.

Godoy recibió el reconocimiento y el afecto sincero de chilenos y argentinos por su triunfo. Más aún, a su regreso a la patria la recepción popular fue de héroe. Sería largo enumerar aquí todas las ceremonias y manifestaciones de aprecio de que Godoy fue objeto de aquí en adelante. Ascendió a Capitán gracias a su hazaña y con el grado de Comandante se retiró de las filas en 1924. Volvió al uniforme en 1937, como oficial de reserva de la Fuerza Aérea, institución que abandonó en 1944 con el grado de Capitán de Bandada. Una ley de 1957 le confirió por gracia el grado de General de Brigada Aérea. Falleció en Santiago a los 67 años de edad, el 8 de septiembre de 1960.

Siempre me ha llamado la atención el que en las obras generales acerca de navegación aérea la figura y la hazaña de Godoy no estén destacadas convenientemente. Digo, no es necesario hacerle un monumento ni nada por el estilo, pero sí mencionar su nombre y lo que hizo por la aviación chilena, que no fue poco. Todo indica que la fecha en que este soldado emprendió su viaje no era la mejor, “comunicacionalmente hablando”: el fin de la Gran Guerra, el eterno carácter isleño de Chile, y la escasa importancia relativa de nuestro país en un mundo que estaba mayormente ocupado de otras cosas, fueron factores que se confabularon en tal sentido. Así, no resulta raro encontrar trabajos escritos en que aparezcan otros cristianos detentando el título de vencedores de los Andes. En honor a la verdad, ellos sólo siguieron una ruta que abrió Godoy una mañana de fines de 1918.

Valor, audacia y resistencia física, pero también serenidad y un corazón patriota bien puesto, fueron algunos de los atributos con los que Godoy estaba dotado. A pesar de todo, el recuerdo de su temple y hazaña no se ha desvanecido, y si bien las multitudes que lo aclamaron y honraron ya hace tiempo que también abandonaron este mundo, sirvan estas letras como modesto recuerdo. Dagoberto Godoy Fuentealba... ¡Salud!